Trilogía de Pessoa I: Caeiro y su paganismo

Emilio Gómez Domínguez | Artículo

Quantos sou?: la pregunta que se encuentra grabada en los muros de la Casa de Fernando Pessoa en Lisboa. Nadie sabría responderle. Pessoa es al mismo tiempo el pagano, el cristiano, el esotérico. El del verso libre y el de las rimas estrictas. Si el nombre no es destino, ¿cómo explicar entonces la feliz coincidencia de que Pessoa signifique “persona” y persona, a su vez, “máscara”? Esas máscaras, los heterónimos, son cada uno una persona de tinta que respira y escribe. Cada uno de ellos es sí mismo y, al mismo tiempo, Pessoa. Es difícil no pensar en el propio Pessoa como un heterónimo más. A manera de homenaje e introducción al poeta, se presenta esta serie de tres breves comentarios a la obra de los tres grandes heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos.

La creación de su propio maestro

La vida de Pessoa sería del todo irrelevante para este comentario si no fuera por el hecho, casi fortuito, de ser el creador de Alberto Caeiro, el primer heterónimo. Poseedor de un universo poético interno, Pessoa, huérfano de toda tradición a la que adscribirse, no tuvo más alternativa que justificar su irrupción en el mundo a través de la creación de su propio maestro.

            En la célebre carta sobre la creación de los heterónimos dirigida a Adolfo Casais Monteiro, Pessoa declara que fue alrededor de 1912 que quiso escribir poemas de carácter “pagano” e inventar un poeta bucólico como su autor. Sin embargo, fue hasta el 8 de marzo de 1914 que inició la escritura de El guardador de rebaños, escribiendo, según Pessoa, treinta y tres poemas seguidos. Aunque se duda de la veracidad de este relato, pues se sabe que Pessoa continuó trabajando los poemas de El guardador de rebaños hasta al menos 1930, lo cierto es que Alberto Caeiro ya existía en la mente de Pessoa alrededor de 1914.

            Respecto a su biografía, todo lo que sabemos de la vida de Caeiro viene de los comentarios y escritos de sus discípulos. El maestro da origen a sus discípulos y los discípulos crean al maestro en sus textos. En el prefacio de Los poemas completos de Alberto Caeiro, Ricardo Reis nos informa que Caeiro nació en abril de 1889 en Lisboa, ciudad donde falleció en 1915. La mayor parte de su vida transcurrió en una quinta de en la región del Ribatejo, donde escribió la mayor parte de su obra. Según Reis, fue una vida imposible de narrar pues careció de sucesos y anécdotas. Sabemos que se enamoró de una mujer anónima que inspiró los poemas de El pastor amoroso, considerados por Álvaro de Campos lo peor dentro del conjunto de su obra, “un interludio inútil”. Finalmente, escribió los denominados Poemas inconjuntos, donde regresa a los temas tempranos de su obra, pero, en opinión de Álvaro de Campos, sin alcanzar la calidad lograda en El guardador de rebaños.

            La vida de Caeiro es breve pues, ¿tiene sentido que Sariputra difunda las enseñanzas mientras Buda las sigue tejiendo en su meditación? ¿tiene sentido que Pedro funde una iglesia si Jesús sigue concediendo milagros? No. El maestro debe dar paso a los discípulos que construirán su fe. Sólo así, Pessoa, Reis y de Campos pudieron proclamar sin ninguna complicación que eran continuadores, a su manera, de la obra de su maestro Caeiro. En palabras de Álvaro de Campos: «Mi maestro Caeiro no era un pagano: era el paganismo. Ricardo Reis era un pagano, Antonio Mora es un pagano, yo soy un pagano; el mismo Fernando Pessoa sería un pagano si no fuera una madeja enredada hacia dentro».

El paganismo de Caeiro

Sin embargo, ¿qué significa ser pagano? ¿qué era el dichoso paganismo de Caeiro? Según Ricardo Reis, “fue la reconstrucción integral del paganismo en su esencia absoluta, según los griegos y romanos que habitaron en él y por eso no pensaron, pudiéndolo hacer”. No se trata del amor por la belleza física y el culto a la perfección del Renacimiento italiano ni de la obsesión a la perfección formal del denominado “espíritu clásico”.

            Lo que diferencia el rescate del paganismo de Caeiro del intento renacentista es lo que Reis denominó “objetivismo”, es decir, “la tendencia a colocar en la Naturaleza exterior o en un principio derivado de ella, aunque sea en abstracto, el criterio de la Realidad, el punto de Verdad, la base para la especulación y la interpretación de la vida”. De este modo, aunque la recuperación del paganismo grecorromano en su totalidad sea imposible debido a la mediación de situaciones y lenguajes modernos, el objetivismo permite a Caeiro la creación de su paganismo, de su aproximación única a la naturaleza.

Quizás, una forma de explicar el paganismo de Caeiro y su afán particular de penetrar en el interior de las cosas es asumir que se trata de la aceptación total del principio de identidad aristotélico. Según este principio, una cosa es tan sólo sí misma y no puede ser, al mismo tiempo, otra cosa distinta. Si una cosa es tan sólo sí misma, entonces cada cosa sólo puede ser percibida en sí misma. Esta idea se repite sin parar en El guardador de rebaños a través de diversas declaraciones e imágenes de la naturaleza:

XXIV

Lo que vemos de las cosas son las cosas.

¿Por qué habríamos de ver una cosa si hubiera otra?

¿Por qué ver y oír sería ilusionarnos

Si ver y oír es ver y oír?

[…]

XL

Pasa delante de mí una mariposa

Y por primera vez en el universo yo veo

Que las mariposas no tienen color ni movimiento,

Así como las flores no tienen perfume ni color,

El color es que tiene color en las alas la mariposa,

En el movimiento de la mariposa el movimiento es el que se mueve,

El perfume es que tiene perfume en el perfume de la flor.

La mariposa es sólo mariposa

Y la flor es sólo flor.

Como puede intuirse ya de la lectura de los poemas citados, la aceptación total del principio de identidad lleva, necesariamente, al cuestionamiento y negación de todo tipo de abstracción. Si el sol es parte de la Creación, si una flor es parte de la Naturaleza, entonces ya no son sol ni flor, ya no son sólo ellas mismas, sino que son también otra cosa. Lo divino y lo natural no son un todo, sino, como diría Caeiro, «partes sin un todo». Para encontrar lo divino y lo natural no hay otra vía que la apreciación de cada cosa en sí misma. Este es el tema de los poemas más memorables de El guardador de rebaños:

V

[…]

Pero si Dios es las flores y los árboles

Y los montes y el sol y la luz de luna,

Entonces creo en él,

Entonces creo en él a toda hora,

Y mi vida es toda una oración y una misa,

Y una comunión con los ojos y por los oídos.

 

Pero si Dios es los árboles y las flores

Y los montes y la luz de luna y el sol,

¿Para qué le llamo Dios?

Le llamo flores y árboles y montes y sol y luz de luna,

Porque, si él se hizo, para que yo lo viera,

En sol y luz de luna y flores y árboles y montes,

Si él se me aparece como árboles y montes

Y luz de luna y sol y flores,

Es porque él quiere que lo conozca

Como árboles y montes y flores y luz de luna y sol.

[…]

Esta idea se reafirma en otro de los versos más famosos del poemario:

XLVII

[…]

Vi que no hay Naturaleza,

Que la Naturaleza no existe.

Que hay montes, valles, llanuras,

Que hay árboles, flores, yerbas,

Que hay ríos y piedras,

Pero no hay un todo al que eso pertenezca,

Que un conjunto real y verdadero

 

Es una enfermedad de nuestras ideas

La Naturaleza es partes sin un todo.

Éste es tal vez aquel misterio del que hablan.

[…]

La herencia de Caeiro

Por supuesto, una manifestación poética que se base en la afirmación de que las cosas son lo que son no puede extenderse demasiado. A lo largo de los 49 poemas que integran El guardados de rebaños, el tema puede volverse reiterativo para quien no aprecie el tono bucólico de la obra. Sin embargo, esta forma de acercarse a la naturaleza será el origen e inspiración de la obra de Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Nadie explica mejor la herencia de Caeiro que el propio Álvaro de Campos en sus Notas para recordar a mi maestro Caeiro.

De acuerdo con Álvaro de Campos, Reis debe a Caeiro su visión del mundo. Si para Caeiro las cosas pueden, de algún modo, conocerse, para Reis esto no es así. Para Reis, un intelectual “con el mínimo de sensibilidad que necesita un intelectual para que su inteligencia no sea simplemente matemática”, lo único que puede saberse es que el mundo material está ahí y nos fue dado. Si no puede saber se nada más, entonces no hay metafísica, política, ni moral. Es, en palabras de Álvaro de Campos, “la (filosofía) de Caeiro endurecida, falsificada por la estilización”.

Por su parte, Álvaro de Campos hereda de Caeiro lo que Reis, por su temperamento e inteligencia, no podía heredar. De Campos, “exasperadamente sensible y exasperadamente inteligente”, retoma la filosofía de Caeiro contenida en el verso que dice “y mis pensamientos son todos sensaciones”. De ahí que Álvaro de Campos se defina como un poeta “sensacionista”. No cree en el universo exterior. No tiene otra certeza que la existencia de sus propias sensaciones. El universo exterior, la realidad y la propia existencia son simplemente sensaciones y conceptos emanados del propio poeta.

La herencia del maestro Caeiro- Pessoa en sus alumnos Reis- Pessoa y de Campos- Pessoa será comentada en los próximos comentarios de esta trilogía, ¿cuántos es Pessoa? Por lo menos estos tres.


Emilio Gómez Domínguez (La Magdalena Contreras, Ciudad de México, 2000). Licenciado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Obsesionado con la poesía y con sus manifestaciones filosóficas. Escribió el poemario crítico Mandato que espera sea pronto publicado. Actualmente se encuentra escribiendo su segundo poemario, intitulado provisionalmente como Grimorios.