Música que no debe ser poesía

Omar García Hernández | Reseña: Jazz de Toni Morrison

¿La música puede ser o debiera ser también un recurso de la novela? Hay diversos momentos  en Jazz, donde Morrison toma una fuerte inspiración en el movimiento musical cuando era propio de una identidad acaso no racial, pero sí comunitaria, de un genuino pueblo descrito en la novela como sujeto de liberación, de lenta y complicada emancipación (encarnada en el personaje de la abuela de la protagonista), a veces ahogado en su propia libertad (como es el literal caso de la madre de la protagonista, abandonada con sus hijas por su esposo). Un pueblo posteriormente creador de sus nuevas costumbres, adquiriendo fortaleza a pesar de las errancias, muy ávido en la nuevas formas de trabajo hasta escuchar de la promesa de La Ciudad y dejar todo para ir en busca de una buena vida. Jazz es, entonces, en primer lugar la historia de las transiciones de uno de estos pueblos norteamericanos. Aunque pueda sonar ambicioso como proyecto literario, en el transcurso de la novela Morrison utiliza la repetición de esa historia colectiva desde diferentes tesituras, lo que construye un tono definitivamente épico ─porque, como la oralidad épica, su repetición puede hastiar pero no dejar de estar justificada─ y una complejidad emocional para los personajes iniciales que nos muestra poco a poco la herencia de sus circunstancias y los motivos de sus decisiones que, a primera vista, en realidad no comprendemos.

Un problema de intentar sintetizar una novela con fuerte tradición vanguardista (y mucha experimentación en la forma de contar la memoria) es que la historia principal no es una sola, hacen su aparición breve pero muy bien desplegada muchos personajes con vidas propias, cuyas historias también son principales aunque no volvamos a saber más de ellos. Morrison rescata la figura de la escisión, dejando momentos inacabados, cambiando de narrador, girando la perspectiva de un suceso ya contado, denotando la influencia de un recuerdo en otro momento tan lejano en el tiempo, jugando con las múltiples motivaciones de un personaje. Jazz cuenta ciertos hechos concretos, pero aporta a la narrativa una profundización aún más aguda sobre los detalles, los cuestionamientos, personajes que no habían sido conocidos y que estuvieron ahí observando el ataque de locura en un velorio y que enriquecen la narrativa con la mirada de otra clase social, otra sensibilidad y otra función en relación con los demás en la trama ya “principal”. Por una parte, hay múltiples puntos de vista, y por otra, Jazz presenta una rearticulación de los acontecimientos en un orden no cronológico, menos armónico, guiado según la urgencia narrativa, en el que por ello es fácil perderse de un instante a otro en la diversidad de voces y momentos que se reajustan más en una especie de armonía emocional.

Comencé esta reseña hablando sobre la trama del pueblo afroamericano en la novela, a pesar de que la novela no comienza así: los primeros acontecimientos están situados en la crisis de un matrimonio afroamericano, Violet y Joe Trace, que han sido marcados por la comunidad como unos perdidos. El marido, Joe, ha salido con una joven y ha sido culpable de su muerte (más adelante se aclarará que, en efecto, le disparó, pero que ella se negó a recibir cualquier atención médica y murió desangrada quizá voluntariamente), y la esposa, Violet, ha sido renombrada Violent en vista de su reacción en el velorio de la joven, irrumpiendo y pretendiendo apuñalar el cadáver con un cuchillo de cocina. La novela será un despliegue de la explicación de estos dos exiliados, pero particularmente de una pregunta que surge de Violet: ¿qué encontró Joe en aquella chica que ella no le ofreció?

La respuesta será encontrada a través de los árboles familiares de ambos, entrecruzados por la figura de Golden Gray, joven blanco de ojos plateados y ascendencia afroamericana que quiere asesinar a su progenitor negro pero en el camino salva a una joven afroamericana violentada en el bosque, lo cual despliega problemas patriarcales, sí, pero los problemas morales de ideas entre aparentes razas que siguen produciendo sus frutos hasta el día de hoy. ¿Sólo en EEUU? Creo que no, porque aunque cree peligros la idea de universalidad, la idea de raza como instrumento de dominación, de resistencia, y de identidad (mezclada con la idea de Patria, que es reinventada desde la nada y en la realidad su único rasgo distintivo es unir comunidades) está ligada a las formas de producción, y con ello es universal con todo el peligro que conlleva. La literatura sobre el pueblo afroamericano es, en otras palabras, un acto en sí mismo emancipador. Para el lector ajeno, no será un deber conocerla (podríamos nunca leer una buena obra más por supuesta falta de tiempo), ni tampoco será una aventura fetichizada, sino un despliegue de los problemas fundamentales para entenderlos en su repetición y disonancia a la vez.

Finalmente, sólo me gustaría rescatar cuatro momentos en que aparece la música en la novela para analizarlos y con ello invitar a su lectura. Son momentos en los que Morrison dota de otra función al sentido de la música a través de su incorporación en los hechos de la realidad de la novela. No los daré en un orden cronológico sino en un posible orden conceptual. El primero está en una escena[1] en que se describe la armonización de los sonidos en el bosque sólo apreciados por los locales, de pronto interrumpidos por algo semejante a una voz femenina de la presunta madre prófuga de Joe, que abandonó a su hijo y escapó a la naturaleza. Creo que es una escena particularmente bella por instaurar como orden natural la música y la disonancia del lenguaje, del género, y del paria que no persigue nada sino que renuncia pero que en su renuncia hay en el fondo una rebelión que detiene un orden del que se ha visto y vivido lo peor, que es el caso del personaje de Salvaje, la presunta madre de Joe. Cito esta primera escena porque me parece que muestra claramente cómo es posible plantear una teoría del lenguaje mediante la descripción de hechos en una novela.

La segunda escena ocurre en el arribo de la primavera a la ciudad, en que Los jóvenes de las azoteas cambiaban de tonada (…) el sonido era simplemente como la luz de aquel día, puro y sereno y una diría que gentil. Por la forma en que tocaban habrías creído que todo había sido perdonado[2]. La música en esa escena no tiene la función de crear un ambiente, sino que es incorporada mediante jóvenes artistas a los que les basta intentar estar ahí, explicando, reflejando y acompañando la armonía con el sonido. La tercera escena es más larga pero acaso la más bella de toda la novela. Se trata del capítulo[3] más corto. Es bellísima también en la sencillez de lo que ocurre: es una fiesta de jóvenes, y la joven que irrumpió en el matrimonio de los protagonistas, y que el lector sabe morirá, está en los brazos de un chico de su edad después de salir con el casado Joe. Todo el capítulo es una descripción de la belleza de la fiesta y el contrapunto del miedo de Dorcas, la joven, de que Joe llegue y arme escándalo por su ruptura. Es precisamente ese contrapunto el que acentúa una descripción de una fiesta bellísima con aún mayor intensidad. Se trata de una figura propiamente musical representada en pensamientos y hechos. Lo más fascinante es que nunca se aclara qué música escuchaban los jóvenes, porque todo en el lugar está invadido de armonía: Oh, la sala -la música-, la gente apoyada en los quicios de las puertas. Siluetas que se besan detrás de las cortinas; dedos juguetones que examinan y acarician. Este es el lugar donde las cosas estallan. (…) Cualquier amante rechazado, con los zapatos mojados y desatados y un suéter abotonado hasta arriba debajo del abrigo, es aquí un intruso. Este no es lugar para viejos; este es el mundo de la aventura romántica. Música de cuerpos, del orden y movimiento en el lugar. Morrison alcanza la prosa poética o la musicalidad de los hechos. Depende de si la memoria puede bastar por sí misma para ser un poema.

La última escena creo que es menos fácil de explicar pero absolutamente entendible (y sentible). Un hombre (Joe) llora tras su ventana una tarde de lluvia primaveral de 1926[4], lo que empieza a hacer tras la muerte de Dorcas y del engaño a su mujer y de su orfandad, y

Los ciegos canturrean sus monótonos sonsonetes en la suave brisa, al tiempo que avanzan con pasos cortos pero seguros acera abajo. Evitan pararse cerca de los viejos que toman posiciones hacia la mitad de la manzana para tañer sus guitarras de seis cuerdas. Hombre melancólico. Hombre negro y melancólico. Negro y melancólico, y por lo tanto hombre del blues. (…) Es difícil no prestar atención al cantante de blues, sentado como está sobre un cajón de fruta en medio de la acera. (…) Joe piensa probablemente que la canción se refiere a él.

Cito esta escena al final porque, parecida a un musical visualmente, pero propia de la Literatura en su forma, muestra con una teatralidad deslumbrante la función social de la música: un conjunto de hombres desamparados, sin consuelo alguno, coinciden por un momento en un lugar que no podían evadir en sus errancias, en su estatismo, en su descanso, y articulan posiciones en un orden armónico pero muy triste, armónico por y en contra de lo triste, en una música que el protagonista no crea pero de la que es parte en una coincidencia no deseable pero infinitamente afortunada en su abandono. Tal es una de las funciones sociales de Jazz.

[1] Página 200 de la edición citada.

[2] Página 220, ídem.

[3] Páginas 211 a 218, ídem.

[4] Página 137, ídem.

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