Una venganza inofensiva

Carlos Erasmo Rodriguez Ramos | Reseña: Civilizaciones de Laurent Binet

¿Por qué Pizarro capturó a Atahualpa y no fue Atahualpa quien acabó con Carlos V? Esta interrogante fue la que llevó a Laurent Binet a escribir Civilizaciones, una ucronía en la que se invierten los papeles y son los pueblos indígenas de América quienes parten a la conquista de Europa. La pregunta que detona la imaginación de Binet fue planteada originalmente por Jared Diamond en su libro Armas, gérmenes y acero. La respuesta que da Diamond a este cuestionamiento determina en gran medida la trama de Binet.

Para Jared Diamond, los europeos conquistaron América porque contaban con una sobrecogedora superioridad tecnológica. Esta ventaja no se debía a que los europeos fueran particularmente inteligentes o inventivos. Las invenciones no nacen de la mente solitaria de genios excepcionales, sino que son producto del intercambio de técnicas e información, de la adaptación de tecnologías y saberes a nuevas necesidades y entornos. Tómese el popular ejemplo la pólvora que, inventada por los chinos y usada en los fuegos artificiales, fue utilizada por los europeos con propósitos bélicos en arcabuces y cañones. De acuerdo con Diamond, los europeos, así como distintas civilizaciones de Eurasia, formaban parte de un enorme corredor cultural que iniciaba en la península ibérica y terminaba en el lejano oriente. Debido a la ausencia de barreras geográficas significativas que impidieran la comunicación, los intercambios entre las regiones del corredor eran intensos y frecuentes. De este modo, siguiendo con la explicación de Diamond, los pueblos que estuvieran aislados de esta extensa zona de intercambios tendrían menos probabilidades de avanzar tecnológicamente: el África subsahariana, las islas del Pacífico y, por supuesto, América.

Para Binet, lector de Diamond, el proceso por el cual los americanos son quienes parten a la conquista de Europa inicia necesariamente con la expansión de ese corredor cultural hacia América. Sólo así los pueblos originarios podrían desarrollar la tecnología necesaria para hacer frente a los europeos. El acontecimiento histórico que Binet toma para este propósito es entonces la colonia que Leif Erickson fundó en las costas del norte de América.

Echando mano de las sagas vikingas, el autor nos presenta la saga de Freydis Eriksdottir, una mujer sagaz que por las coyunturas políticas de la época debe abandonar sus tierras e izar las velas hacia el sur. Durante esta odisea, Freydis y su pueblo se establecen temporalmente en las islas del Caribe para finalmente llegar a Panamá, entablando lazos de amistad con todos los pueblos con los que tienen contacto. Al terminar esta primera parte del libro, el milagro está hecho. A su paso, los vikingos han dejado caballos, hierro, conocimientos y resistencia a los virus eurasiáticos.

Así, en la segunda parte, una reescritura imaginaria de los diarios de Cristóbal Colón, el almirante no se encuentra con indígenas que lo combaten con piedras y palos, sino con una formidable caballería con armas de hierro. Colón no somete a los isleños sino que es sometido por ellos y termina sus días como una especie de bufón en la corte de uno de los reyes caribeños.

La trama avanza y el río tecnológico también, hasta que finalmente forman un manantial en el Perú. Los incas han asimilado tanto las nuevas tecnologías que las usan en sus guerras civiles. Atahualpa se enfrenta a su hermano Huáscar por el trono y, viéndose derrotado, emprende la huida. La furia de su hermano es tal que lo persigue hasta las islas caribeñas. Atahualpa, acorralado, decide embarcarse hacia lo desconocido en compañía de sus doscientos hombres y de su nueva esposa originaria de Cuba.

El destino que Binet traza para Atahualpa en Europa es una calca de los pasos de Hernán Cortés por México. Es una expedición de unos pocos soldados en un vasto territorio plagado de enemigos. Al mando está un hombre audaz y su esposa, Higenamota, quien aprendió español del mismísimo Colón y hará las veces de traductora.

Los episodios son los mismos. Atahualpa tiene su masacre de Cholula en Toledo. Atahualpa captura, mostrando extraordinaria audacia, al rey Carlos V en Sevilla. Cortés gobernó indirectamente mientras Moctezuma fue su rehén en el palacio de Axayácatl. Atahualpa haría lo mismo refugiado con su prisionero en la Almahada. Atahualpa incluso tiene su Noche Triste. Muerto su rehén, los nobles españoles ya no ven impedimento para atacarlo. A marchas forzadas, Atahualpa logra refugiarse en Cádiz donde, gracias a refuerzos provenientes de América, el Inca sobrevive.

En este punto, Binet separa los destinos de ambos hombres. El resto de la tercera parte de la novela está dedicado a las maniobras políticas y militares que llevan a Atahualpa a la conquista de Europa. Atahualpa, tal vez porque Binet nos cuenta que el Inca conoció la obra de Maquiavelo, es en todo sentido un príncipe renacentista. Es un político que tiene por herramientas la astucia y el engaño. No busca el poder por el poder mismo, sino que tiene profundas preocupaciones humanistas. Se preocupa por los pueblos que conquista. Entre las reformas de este gobernante venido de más allá del mar están una ambiciosa reforma agraria en beneficio de los campesinos y un decreto que establece la libertad de culto en sus dominios. Bajo su reinado, Europa conoce un periodo de prosperidad sin precedentes.

Lo único que puede terminar este idilio es la llegada de otros conquistadores americanos, los mexicanos. Tras una alianza con los británicos, Cuauhtémoc conquista Francia y amenaza con expandirse. Atahualpa quiere la paz para su nuevo imperio. Tras una serie de negociaciones, los mexicanos y los incas se reparten Europa. Finalmente, el Inca muere dejando una dinastía emparentada con la nobleza europea.

La parte final del libro es a la vez, imaginativa y tediosa. Vemos el mundo nacido de las obras de los conquistadores americanos a través de los ojos de Miguel de Cervantes, enrolado en los últimos resquicios de la resistencia católica europea. En las venturas y desventuras de Cervantes, incluida otra batalla de Lepanto que representa la derrota definitiva del cristianismo, vemos la añoranza por conocer la tierra de los conquistadores.

Tras una serie de pasajes que incluyen disertaciones religiosas y una especie de idilio amoroso, los funcionarios de la España Inca leen las obras de Cervantes y lo reconocen como un hombre letrado. Así, Cervantes es enviado al “Viejo Mundo” para difundir el saber europeo entre los pueblos americanos. El libro cierra con la visión asombrosa que aquel mundo regala a Cervantes. El eje del mundo ha cambiado para siempre y la historia de los siglos venideros de aquella otra realidad queda a la imaginación del lector.

La venganza inofensiva
Jared Diamond seguramente tendría sus reservas respecto a los procesos que Binet describe. La tecnología arraiga en una sociedad porque es útil a las necesidades particulares de esa sociedad. La transmisión del saber es un proceso complejo sobre todo cuando existen importantes barreras lingüísticas. A Binet no parecen interesarle estas complicaciones, obstáculos tediosos para su propuesta narrativa. Por ello, más allá de las objeciones que podamos encontrar a la verosimilitud de Civilizaciones, a veces lo importante son los vuelos de la imaginación y lo que nos dicen.

La propuesta de Binet es ambiciosa. Plantea la reescritura de la historia mundial en un periodo que prácticamente definió muchas de las dinámicas que siguen operando en el mundo moderno. El “motor psicológico” detrás de esta enorme empresa es, según declaraciones del propio Binet, “dar una venganza a los perdedores”. Esta venganza no deja de ser dulce para los conquistados. Fuera de los conflictos de la etapa armada de la conquista y de los resentidos correligionarios de Cervantes, la conquista es benéfica para todos. Los europeos conocen la paz y la prosperidad gracias a conquistadores sabios y bondadosos. Los americanos conocen los saberes de Eurasia. Hay un ambiente general de paz y concordia que cómodamente parece sugerir que después de la conquista todos los pueblos se hicieron hermanos.

Aunque por este giro de la historia Binet haya sido acusado por la hipersensible derecha española de ser un perpetuador de la supuesta leyenda negra de España, lo cierto es que Civilizaciones es una novela inofensiva que obedece al pie de la letra la concepción eurocéntrica del proceso de conquista. Esto se debe a un error inevitable de ángulo. Binet es europeo y comparte hasta cierto punto una visión de estos procesos que me gustaría llamar la concepción del feliz mestizaje.

En esta concepción lo importante es que después de todo el conquistado se benefició de la conquista. Las matanzas y batallas que inauguraron este proceso son tan sólo un dato incómodo, casi anecdótico, un precio que los conquistados tenían que pagar para acceder al mundo de maravillas que les tenían preparado los conquistadores. En esta versión del relato se escamotea la esclavitud sistemática y la destrucción deliberada de culturas.

Este manera de presentar el relato no es nueva. Ya desde 1560, en su Relación de las cosas de Yucatán, Diego de Landa enunciaba la justificación moral de esta visión. Los conquistadores salvaron a los indios porque, aunque se cometieron muchas atrocidades en su contra, entre ellos se hacían cosas peores. Este argumento ya ha sido refutado definitivamente por Tzvetan Todorov en La conquista de América. El problema del otro. El justificar una intervención así en el otro con el pretexto de salvarlo significa no sólo la imposición de un concepto propio de salvación, sino también la negación de la capacidad del otro para salvarse a sí mismo y con ello la negación de su condición plena de ser humano.

En Binet, la religión del sol convive con el judaísmo, el protestantismo y el islam. En París, frente al Louvre, los mexicanos alzaron una pirámide de ucrónica ironía. Los dos mundos conviven. Los conquistadores no derrumban los monumentos europeos para hacer con ellos sus pirámides, no esclavizan sistemáticamente a los derrotados ni destruyen su cultura. Después de todo, los conquistadores llegaron a salvar de sí mismos a los conquistados.

Pese a que Binet de alguna forma sugiere que los americanos tal vez hubieran sido más “civilizados” que los europeos, la trama sigue teniendo el tufo de las razones caducas de Landa. De este modo, la venganza que Binet otorga a los vencidos es inofensiva porque en el fondo no confronta la versión eurocéntrica de la conquista. Se limita simplemente a reafirmarla con una curiosa inversión de los papeles.

Civilizaciones es una muestra de que la imaginación, así vuele tan alto como el cóndor que Binet describe tan bien, al final simplemente puede desplomarse en un valle de silencio.