Mi Vargas Llosa personal

Ensayo | Adolfo Ulises León

A seis meses de la muerte del Premio Nobel peruano, esta la historia de uno de sus lectores y aprendices, que sonó con concerlo, intentó imitarlo y sintió su muerte como sólo se puede sentir la de un ser querido.

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La obra de Mario Vargas Llosa influyó en mí a tal grado que, aún siendo adolescente, me prometí que si algún día salía al extranjero, el primer lugar que visitaría sería el Perú. Como ese niño que fantasea con Disney World, el motivo del viaje fue, en su origen, sencillamente el de recrear el escenario de mis personajes favoritos. Sin embargo, cuando ese momento al fin llegó en enero de 2025, mis motivos parecían más bien terapéuticos. Entonces, por más melodramático o patético que suene, sentí el viaje a Perú como una necesidad, como la única manera en que podía volver a encontrar el sentido de la vida.

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Tengo muy claro el momento en que descubrí a Mario Vargas Llosa. Fue en octubre de 2007. Mi mamá solía comprar la revista Letras Libres y la edición de ese mes estaba dedicada a la obra de Mario. En la portada se ve le veía aún con la melena ennegrecida, en mangas de camisa y recostado sobre un camastro negro superpuesto a un fondo blanco. De entre todos los artículos, había una carta recuperada de la correspondencia de Julio Cortázar, fechada en enero de 1965. Yo a Cortázar sí que lo conocía. Su cuento La noche boca arriba me había explotado el cerebro. Es una carta que Julio escribió en un estado de paroxismo, justo después terminar el primer borrador de La casa verde. Hechizado, suelta frases como esta: «a las pocas páginas ya estaba yo dominado por tu enorme capacidad narrativa, por eso que tenés y que te hace diferente y mejor que todos los escritores latinoamericanos vivos». Cualquiera que lea esa carta coincidirá conmigo en que la admiración de Cortázar es contagiosa. ¿Quién podía ser aquel peruanito que había logrado explotar el cerebro de Julio Cortázar?

Ese mismo octubre fui a la Feria del Libro del Zócalo para conseguir un libro de Vargas Llosa. Para mi suerte, elegí La ciudad y los perros. Siempre he dicho que esa novela cambió mi vida porque a partir de ella supe que quería ser escritor. Aún recuerdo, sorprendido, cómo la experiencia de su lectura fue casi cinematográfica. Su lectura me descubrió, por primera vez, el potencial de la imaginación. Antes, cuando leía novelas, mi cerebro solía proyectar a personajes sin rostro. Los escenarios eran habitaciones planas, sin detalles ni decoración, era como mirar una historieta de bajo presupuesto. Con Vargas Llosa, en cambio, mi imaginación le dio alta definición a las historias. Era como si, de forma instantánea, al momento de leer, las palabras dieran indicaciones cuadro por cuadro a una producción hollywoodesca.

La historia también me transmitió la sensación de entrar en contacto con una dimensión soterrada de la vida. Adolescentes como yo, los cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado estaban deseosos por descubrir el mundo pero, a diferencia mía, parecía que no encontraban límites en su exploración. El alcohol y los cigarros eran para ellos un juego de niños. Pasaban de la masturbación a fornicar gallinas y vicuñas, o de las simples bromas e insultos a los abusos y la flagelación. Y esa burocracia militar que, en teoría, debía vigilar y preservar el orden, perversa e irresponsable como todas las burocracias, sólo controlaba a contentillo. Esa novela fue una nueva manera de conocer la vida, de acercarme a la realidad y —en un sentido estético, por supuesto— de encontrar belleza en la violencia.

En El punto ciego, Javier Cercas dice que con La ciudad y los perros, Vargas Llosa comenzó a modelar en el que sería el arquetipo de casi la mayoría de sus novelas: el héroe equívoco, aquél que se enfrasca en un misión caballeresca, por no decir imposible, y que sólo puede ser cumplida de una manera, la manera correcta. De ahí que sus personajes, por ejemplo, sean idealistas, Alejandro Mayta en Historia de Mayta; nacionalistas, Roger Casement en El sueño del celta; fanáticos, el Conselheiro en La guerra del fin del mundo. ¿Es ese héroe equívoco el que, sin darme cuenta, Don Mario, se ha ido colando en mi ética personal y del que vienen mi fobia a los impostores y a los caminos fáciles?¿Es esa tentación de lo imposible lo que vuelve a unos infelices?

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Aunque Lima es una ciudad muchas veces más pequeña que la Ciudad de México, su tráfico es miles de veces más endiablado. El conductor de Uber que me lleva del aeropuerto al hotel se llama Enoc y es venezolano. «Esto no es nada. En la tarde se pone imposible. Hay una encuesta de los peores conductores del mundo. En primer lugar está la India y en segundo los peruanos. Mírelos, pisan la chola peor que bestias», dice. Lleva seis años viviendo en Lima. Primero trabajó en una tintorería, donde ganaba treinta soles al día, después fue mozillo en un restaurante de pollos al carbón, pero justo cuando estaba a punto de ascender, lo acusaron de alterar las cuentas. «No se confíe de los peruanos, son traicioneros y envidiosos. A nosotros no nos quieren y a ustedes tampoco». Los últimos dos años, Enoc trabajó como repartidor y ha recorrido todo el Perú. «De una vez le digo que no le va a alcanzar el tiempo de ir a todos los lugares que dice. Usted quiere recorrer mucho y el Perú es enorme».

Me hospedo en un hotel del Jirón Camaná, a una calle de la Plaza Mayor. Después de darme un baño y desayunar un lomito salteado con juguito de papaya, salgo hacia el principal destino de mi lista. El Colegio Leoncio Prado está enclavado en la municipalidad de El Callao, muy cerca de la zona que se conoce como La punta —el extremo noreste de la costa limeña—, donde se localiza el recinto portuario y la zona aduanera. El Callao, por tanto, es un perímetro lleno de bodegones industriales, donde el asfalto se ha trizado por el peso de los trailers. Alrededor de las bodegas, en los espacios que quedan entre las vías férreas, en las gasolineras abandonadas y hasta en algunos puntos de la franja costera, se extienden coloridos campamentos, construidos con madera y pet. En ese vecindario habitado por la carga contenerizada y la indigencia, el Leoncio Prado ocupa toda una cuadra, cercado con muros de casi de tres metros de altura y rematados en concertina.

En mi fantasía, después de tocar las puertas del Colegio y presentarme como un mexicano apasionado de la obra de Don Mario, egregio egresado de esa honorable institución, ellos se sentirían halagados, por supuesto, y como gesto de hospitalidad con el extranjero, me darían todas las facilidades, incluso hasta podría hacer entrevistas y videos.

Desde el portón de la entrada se ve el edificio principal, una construcción de bloques escalonados estilo Art Déco, en la cima ondea la bandera peruana  y, en frente, hay una pequeña glorieta en la que destaca la estatua de su fundador.  Feliz, me acerco al punto de control. «¿Cómo dice usted que se llama? ¿Vargas Llosa?», pregunta el militar que custodia el acceso, tiene el rictus desencajado, como si acabara de sufrir una parálisis facial. Quizá mi español no fue lo suficientemente claro, así que vuelvo a explicarme, ahora despacio y con un lenguaje neutro. «¿Y ese Vargas Llosa que usted busca es un cadete, un oficial?», pregunta. «No. Vargas Llosa es un escritor peruano, es el Premio Nobel de Literatura peruano. Cuando fue joven, él estudió aquí. Yo soy mexicano y quiero conocer este lugar porque aquí se desarrolla una de sus novelas». «Espere un momento». 

El militar entra a una pequeña oficina que está al costado del control vehicular y después de varios minutos sale acompañado de un hombre diminuto que lleva el bigote tupido y cenizo. Nuevamente y con exagerada amabilidad, le explico el motivo de mi visita. «¿Pero entonces usted no tiene familiares aquí?», pregunta el superior y yo niego con la cabeza. «Entonces no puedo darle acceso». Insisto en que vengo de tan lejos,  llevo años queriendo entrar, podría decirse que viajé al Perú sólo para este momento. «¿Usted es profesor?». Sí, lo soy. Miento. «Bueno, en ese caso usted debe hacer un escrito, lo va a dirigir al Coronel John Delgado Monteagudo. Apunte, ahí va usted a expresar sus motivos, ¿me oyó? Lo mismo que usted me dice ahí lo expresa y en diez días se le da su respuesta, ¿entendió usted bien?». Insisto, no puedo esperar diez días. 

Entonces, descubro que las bromas del destino existen. Una mujer aparece de pronto e interrumpe nuestra discusión. Ella quiere informes para inscribir a su hijo en el Colegio. El mismo militar que me niega el paso, a ella le abre la puerta y le informa que en unos minutos le darán un recorrido junto con un grupo de padres que llevan rato concentrándose detrás de la caseta de control. De llegar unos minutos más tarde, habría pedido informes para inscribir a mi hijo peruano no nacido. ¿Y no puedo, acaso, ir con el grupo de padres? «No insista, señor. Retírese». Se me calienta la cabeza y estoy a nada de mentarle su madre, viejo bribón cachero, quién se cree, concha su madre. Pero me contengo, mi experiencia literaria me recuerda que esos militares son unos perros sádicos.

Colegio Leoncio Prado, El Callao, Lima.

Sentado en una terraza de La punta, desde donde se ve en toda su extensión la isla de San Lorenzo, pido mi tercer Pilsen y, por primera vez en el viaje, pienso en lo estúpida que fue la creencia de que, por el simple hecho de pisar el Leoncio Prado, ocurriría en mí algo revelador. Es como si creyera en la magia de esas escenas de cine en las que, basta con el simple contacto de un espacio o de un objeto, para que ciertas neuronas se conecten y coloquen al observador en un estado de hiperlucidez en el que es capaz de encontrar respuestas simples a grandes problemas. ¿Pero qué carajos era lo que podía serme revelado en ese colegio cutre? ¿Qué clase de respuesta esperaba? ¿El sentido de la vida? ¿Tan descompuesto me encontraba que había perdido inmunidad contra las cursilerías? 

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En la biblioteca de la Escuela Nacional Preparatoria 9 había un libro de Vargas Llosa que entonces era rarísimo de encontrar: Cartas a un joven novelista. A la manera de Rilke, un editor de Alfaguara le pidió a Mario que escribiera los consejos que a él le hubiera gustado recibir y vaya que lo hizo de una manera insuperable. La primera carta se titula “La parábola de la solitaria” y está dedicada a la vocación. ¿Qué dice esta carta que me hizo memorizar párrafos completos y repetirlos una y otra vez como si fueran mantras? Dice que, en el fondo, todos los que consumimos ficciones —ya sea a través de los libros, el cine o la televisión—, lo hacemos porque tenemos la necesidad de vivir vidas distintas. La vida real es monótona y aburrida la mayor parte del tiempo, aceptamos que no es posible vivir a la medida de nuestros deseos y las ficciones representan una manera, por demás inofensiva, de rebelarnos contra esa grisura. Conocer una vida no es bastante, ni conocer todas las vidas es necesario, escribió Neruda. 

Sin embargo, la única diferencia entre quienes consumen ficciones y quienes las escriben es de grado. Quienes escriben no sólo buscan vivir otras vidas sino que están insatisfechos con la vida propia a tal punto que inventar otros mundos se convierte en la única manera de volverla soportable.

  Cuando esta vocación es auténtica, todo lo desborda. La escritura se convierte en un valor autónomo capaz de rivalizar con cualquier otro, incluso con el amor y la familia. Un escritor, decía Faulkner, sería capaz de robar y mendigar con tal de escribir. Cuando la vocación es auténtica, uno debe organizar su vida de tal modo que el resto de sus actividades orbiten alrededor de ella. De ahí la frase de Flaubert: “escribir, una manera de vivir”. Y de ahí la alegoría de la solitaria, ese parásito que toma el control del cuerpo que habita.

Seguí ése y todos los demás consejos de Mario al pie de la letra. Dejé de entrar a mis clases y, en su lugar, todos los días me encerraba en la biblioteca a leer y escribir —decisión que, por cierto, me costó salir de la preparatoria con un promedio de siete y retrasar un año mi ingreso a la universidad—. Al llegar a casa, también me encerraba y trabajaba hasta bien entrada la madrugada. Fueron años en que escribí mucho, muchísimo, como nunca lo he vuelto a hacer.

Como Mario, buscaba historias que revelaran la oscuridad y la crueldad humanas. Recuerdo un cuento que escribí en esa época y que, aunque en su momento me pareció audaz, me ganó la etiqueta de “rarito”. Era la historia de un adolescente que detestaba a su madre y su madre lo detestaba a él. Después de una riña, el chico decide vengarse. La madre es alcohólica y él aprovecha esa debilidad. Va en busca de un depravado justo cuando su madre está perdida de borracha y, antes de marcharse para siempre, deja la puerta entreabierta para que el depravado entre y abuse de ella. Aún puedo ver la reacción de mis amigos cuando leyeron el cuento y discretamente se alejaron. O la reacción de mi mamá, la más santa del mundo, que se ofendió al punto de retirarme la palabra por una temporada pensando que le hacía la peor de las ofensas; o la de mi padre, que ofreció llevarme a terapia.

La única persona que no se turbaba frente a mis historias era Ksenia Kovalevskaya, mi querida profesora de Literatura Universal, una emigrante rusa que entonces tendría unos sesenta años. Ella fue la primera en ponerle freno a mi entusiasmo vargasllosiano. El mundo es más grande, decía. Por ella leí Crimen y castigo, Eugenio Onegin y La Muerte de Iván Ilich. Y fue también ella quien me convenció de enviar mis cuentos a concursar. 

Tenía diecisiete años cuando gané el segundo lugar de cuento en el certamen que anualmente organiza la revista Punto de Partida. No cabía de felicidad. Me sentí como Vargas Llosa cuando, a esa misma edad, ganó un concurso de teatro. Y si yo era tan bueno como Mario lo fue a mi edad, ¿qué me impedía repetir sus hazañas? Si Mario pudo escribir una novela tan buena como La ciudad y los perros a los veinticinco años, yo también podía. Y me fijé ese objetivo.

El problema con ese premio fue, por supuesto, que me ensoberbeció. No al extremo de llegar a autoproclamarme “escritor” —cosa que jamás he hecho—, pero sí al punto de volverme conformista. Fue como si ese premio fuera la demostración inequívoca de un talento consolidado, al que ya sólo le bastaba tomar una pluma y fluir. 

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Después del Leoncio Prado y La Punta, regreso a recorrer con calma el centro de Lima. Sin proponérmelo, a un costado de la Catedral encuentro la Casa de Literatura Peruana, un edificio que hasta mediados del siglo XX funcionó como una central de ferrocarril. La exposición principal está dedicada a la pluralidad lingüística del Perú y hay una sala para cada uno de sus autores más importantes. Me llama la atención que Vargas Llosa ocupe uno de los espacios más pequeños, apenas una vitrina donde se conservan ejemplares de sus primeras ediciones y una pantalla que repite en menos de cinco minutos el resumen de su vida. Por el contrario, la sala César Vallejo es espléndida. Ahí está la recreación de su sala de trabajo, con la máquina de escribir y ese famoso traje que lo hacía lucir como un enorme zanate. Hay manuscritos originales y si te colocas debajo de un cono puedes escuchar su voz leyendo “Los heraldos negros”. Hay golpes en la vida tan fuertes, golpes como del odio de Dios. ¿Cómo será el odio de Dios?, me pregunto siempre que leo ese verso magnífico.

Y las salas del Inca Garcilaso, de José María Arguedas y Pilar Dughi, también exhaustivas. Cuando comienzo a sospechar que Vargas Llosa no tiene en el Perú el mismo valor que yo lo concedo, veo en planta baja una biblioteca dedicada a su obra. Ahí conozco a Liliana Pardo, encargada del cuidado del acervo. No puede creer que alguien viaje sólo para seguir las huellas de Vargas Llosa. Piensa que soy académico y me facilita el contacto de varios especialistas de la Universidad de San Marcos. Sólo soy un lector, la tranquilizo. Es más, sólo soy un tonto que acaba de terminar una relación y, en su debilidad emocional, pensó que podía encontrar el sentido de su vida en la vida de Don Mario, pienso. Liliana me muestra unos ejemplares rarísimos, uno es un cómic de la trayectoria de Mario, donde el ilustrador optó por la salida fácil: destacar sus dientes de roedor; otro es una versión para niños de El pez en el agua y los últimos —mi gran sorpresa— son dos cuentos de literatura infantil que escribió Vargas Llosa para sus nietos y que al parecer sólo circularon allá: El barco y los niños y Fonchito y la Luna.

Es Liliana la que me da la mala noticia. Le digo que después de Lima pienso viajar a Iquitos para conocer la Amazonía peruana y, de ahí, pasar al desierto y las playas de Piura, los escenarios de La casa verde y Pantaleón y las visitadoras. «En esta temporada, todos los días llueve en Iquitos, usted no va a poder salir del hotel de tanta agua y los mosquitos, se lo van a devorar los mosquitos». ¿Y Piura? En Piura había “maretazo”, un fenómeno que provoca inundaciones costeras y que tenía cerradas las playas.

Después de comerme un ají de gallina, acompañado de una burbujeante Inka Kola, dedico lo que queda de la tarde en recorrer la Plaza San Martín y la Avenida Tacna, desde donde Zavalita se preguntó por el momento en el que se jodió el Perú. 

 

Al día siguiente visito Miraflores, el barrio rico de Lima. Como un Polanco en Ciudad de México sólo que, a diferencia de Polanco, la bruma marina que viene del Océano Pacífico se estrella y se cuela entre los rascacielos, dando la impresión de caminar por calles presas por una neblina fantasmal. En ese barrio, ahora lleno de restaurantes, salas de exposición y oficinas, se conocieron de niños Ricardito y la Niña Mala. Busco la calle Diego Ferré donde Varguitas solía ir los fines de semana a jugar con sus primas, así como el número 183 de la calle Porta, el primer domicilio donde vivió con Julia Urquidi, su primer esposa, y el domicilio donde viven sus personajes de La tía Julia y el escribidor. Hago una pausa para probar, frente al parque Kennedy, el famoso sanguche de chicharrón de cerdo con una agüita de chicha morada. Después bajo a conocer la playa limeña. Me sorprende que no hay arena en la playa. En su lugar, hay guijarros negros y el sonido del oleaje cuando los golpea y los arrastra es una música nueva, prehistórica.

Cuando comienza a caer la noche camino hasta el distrito de Barranco, donde, a decir de los limeños, se concentran las mejores peñas. Me recomiendan una que se llama Don Porfirio y promete una velada llena de valsecitos criollos. Aunque pequeño, el lugar está lleno de familias y parejas, las paredes están recubiertas con fotografías de todos los personajes célebres que han visitado el lugar; en una esquina, sobre un pequeño templete están el cantante y los músicos: dos guitarras, dos congas y el cajón.

Lo que se conoce en Perú como música criolla es muy parecido a lo que en México llamamos bolero, sólo que aderezado con diversos tipos de percusiones, incluidas algunas de origen amazónico, como la quijada de burro. La última novela de Vargas Llosa, Le dedico mi silencio, está dedicada a la música criolla. Toño Azpilcueta, el protagonista, es un estudioso del tema y, en una de sus visitas a una peña como en la que me encuentro, descubre a un virtuoso de la guitarra, Lalo Molfino, a quien se propone sacar del anonimato.

No estoy seguro si en alguna entrevista el propio Mario lo aseguró, pero, en todo caso, me gusta pensar que su vals favorito es “Alma, corazón y vida”, del compositor piurano Adrián Flores Albán. Lo menciona por primera vez en La casa verde. Es una escena donde Lituma está perdido de borracho porque acaba de enterarse que Inocencia, la prometida que dejó antes de ir a prisión, ahora se dedica a la putería. «Alma, corazón y vida. Quiero oír ese vals, don Anselmo. Sea bueno, deme gusto». Después, en El héroe discreto, vuelve a aparecer la mención mientras el personaje de Felícito Yanaqué recuerda su amor secreto por Cecilia Barraza: «Estaban brindando con una copita de algarrobin cuando, de pronto, oyó cantar, en la radio local, uno de sus valses preferidos, Alma, corazón y vida, con más gracia, emisión y lisura que lo había oído nunca antes». 

¿Es eso, Don Mario, lo único valioso que en verdad una persona puede llegar a ofrendar a otra, a la vocación y a la vida misma? Alma para conquistarte, corazón para quererte y vida para vivirla junto a ti.

Peña Don Porfirio, Barranco, Lima.

El tercer día, lo dedico a visitar museos. Durante la comida —unos anticuchos de corazón de res, acompañados con papa y choclo— recibo un mensaje de mi amigo Héctor. “Vargas Llosa anda en Perú, coño”. Debajo viene el enlace a una nota de El País. Días antes, Mario había estado en Lima y, en compañía de su hijo Álvaro, recorrió muchos de los lugares a los que también yo había ido. ¿Te despedías del Perú, Mario? Yo que nunca creo en nada, ¿debería creer ahora? ¿Se trata de la señal que busco? ¿Y si ésa es mi señal, qué quiere decirme? ¿Y si hubiéramos coincidido, Mario, qué clase de tontería te habría preguntado?

 

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De entre todas las ideas geniales de Mario, la literatura comprometida fue de una de las que no debí tomarme tan en serio.

Mario, a su vez, tomó esta idea de Sartre. Cuentan que Mario era a tal punto devoto de su obra que, entre sus amigos de la Universidad de San Marcos, era conocido como el “Sartrecillo valiente”. Aunque en Sartre el razonamiento es más complejo y con esa elaboración farragosa propia de los filósofos, Mario explicaba la mecánica de la literatura comprometida en términos simples. Si un escritor elige temas que desarrollan, por ejemplo, la bajeza moral o la corrupción política, entonces el lector, al enfrentarse en la ficción ante ese tipo de situaciones, será capaz de identificarlas y combatirlas con mayor facilidad en la vida real. En ese sentido, la literatura tenía una función social. Debía ser un objeto de y para su tiempo. Un escritor comprometido jamás debía escribir para el entretenimiento burgués y, además de pelear en el papel, tenía la obligación de participar activamente en la vida pública. Así y sólo así justificaba su profesión y se alejaba de aquellos que lo emparentaban con un simple ruiseñor. Hay una frase que resume este pensamiento: “palabras como actos”.  

Aunque con matices, Mario no se cansaba de pregonar la cantaleta del escritor comprometido cada que tenía la oportunidad. Como botón de muestra, recomiendo una conferencia que impartió en el Tec de Monterrey, en el año 2000, en el marco de la Cátedra Alfonso Reyes y que se titula “Literatura y política”; también está La verdad de las mentiras, ese libro que reúne las reseñas de lo que, para él, son las mejores novelas del siglo XX (novelas “comprometidas”, claro está).

Los años que estudié en la Facultad de Derecho coincidieron con mi personaje de escritor comprometido. Para mi sorpresa, en ese recinto que parecía estar blindado contra la literatura, encontré un grupo de personajes que traían la realidad igual de alterada que yo. Eso sí, todos y todas eran personas cultivadas y secretamente seducidas por la figura del intelectual. La mayoría aspiraba a la política y sólo unos cuantos a las letras. Como en otro texto ya hablé sobre esa época, ahora sólo diré que, si bien mi personaje me trajo grandes amistades, también me llevó a un estanco creativo. Predicaba mucho y escribía poco. Cuando escribía era porque había encontrado una tediosa y aburrida historia de denuncia. De ese tiempo, sólo rescato Los restos, un cuento que escribí después de la muerte de mi abuela.

El caso es que mi tiempo libre se fue entre pláticas de café y noches bohemias. La universidad terminó, me enrolé en las filas de la burocracia y así llegué a los veinticinco años, sin novela, sin nada. Mentiría si dijera que no experimenté frustración. Como Konstantin Tréplev —ese personaje de La gaviota de Chéjov, en quien la magnitud de los sueños contrasta con la debilidad del soñador—, me preguntaba qué salió mal.

Fue por esos años cuando comencé a apartarme de Don Mario y no por sus ideas, sino por el peso de su sombra. Comencé a verme en el ejemplo de otros autores. Saramago, Cervantes y Umberto Eco, por ejemplo, empezaron a escribir cercanos a la vejez. No había prisa, no era una regla tener una novela a los veinticinco años. Debía leer más, probar nuevos géneros y estilos. Lo que sí podía destruirme y no sólo mi vocación, sino la cordura misma, era el Derecho. Hiciera lo que hiciera tenía que apartarme del Derecho. Pensé en Hemingway, que siempre aconsejó el periodismo como la mejor opción para un escritor.

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Descartada la posibilidad de continuar mi ruta literaria por el norte del Perú, decido pasar los últimos días en la región incaica. Cusco es una ciudad construida a tres mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, rodeada por centros arqueológicos. Aunque a primera vista parece una ciudad colonial como cualquier otra, poco a poco aparecen detalles que la vuelven especialmente acogedora. Los techos de todas las construcciones tienen tejas de arcilla y en algunos de ellos, cuando en la casa vive un nuevo matrimonio, se coloca una parejita de toros atada a una cruz, como símbolo de la perseverancia en los tiempos difíciles. Abundan los balcones “de cajón”, que parecen suspenderse en el aire y, debajo de los cuales, se pasean las alpacas. A diferencia de México, donde se derruyeron por completo las construcciones prehispánicas y, con sus escombros, se alzaron los palacios virreinales, en Cusco siguen de pie los cimientos y los muros incaicos, piedras enormes, selladas únicamente debido a la perfección de su ensamble.

Como las salidas a Machu Picchu están saturadas en todos sus circuitos, tengo que conformarme con hacer las rutas secundarias. El primer día lo dedico a la ciudad y los centros religiosos cercanos. Por la tarde acudo a la Biblioteca Municipal donde conozco a Milagros, encargada de los préstamos. Hablamos de Vargas Llosa, por supuesto, y cuando le digo que, siendo una provincia tan hermosa, me sorprende que Mario no hubiera situado ninguna de sus novelas en Cusco, ella me reprende. «Ahí usted se equivoca. ¿Qué me dice de El hablador y de Lituma en los Andes? Pero déjeme decirle más, Vargas Llosa tiene cantidad de textos sobre Machu Picchu, los Incas, el quechua. Le gustaba venir a Cusco». La verdad es que yo ignoraba esa parte de su trabajo. «¿Ya ve? Usted no es tan conocedor como dice».

El segundo día, tomo lo que se conoce como el recorrido del “Valle de los muertos”.  La suburban pasa por mí en punto de las seis de la mañana y poco a poco se junta un grupo variopinto. Como siempre suele ocurrir en esas excursiones, el guía nos pide presentarnos. Sólo cuatro somos extranjeros, tres colombianos y yo, el resto vienen de otras provincias del Perú.  

Frente a mí viene una familia de limeños, su hijo es uno de esos niños sabiondos que se esfuerza por contestar todas las preguntas que hace el guía. En Ollantaytambo —el gran granero de los Incas—, mientras escalo para llegar a la estructura de Inti Punku, comienzo a notar que Don Sabiondo se me acerca. Por fin, cuando llego a la cima y me solazo con la magnífica vista de la cordillera andina, Don Sabiondo me da alcance y, de entre todas las preguntas inverosímiles que me pudo haber  hecho, me pregunta si me gusta el Chavo del 8

Por supuesto que no, le digo. Qué manera de arruinar la sanación espiritual que experimento, pienso. «¡Cómo, mexicano! ¡Cómo que no te gusta el Chavo del 8! ¿Por qué no te gusta?». No me gusta, repito.  «¿Por qué no te gusta?», insiste. Y entonces veo en su mirada una profunda decepción, la misma decepción que yo tenía cuando le preguntaba a los peruanos si les gustaba Vargas Llosa. Siento empatía e intento ser cordial. Bueno, lo que pasa es que el Chavo del 8 le hizo mucho daño a mi país. «¿El Chavo? ¡Cómo! Si el Chavo es bueno». Cuando comienzo a explicarle los vínculos entre Televisa y el PRI en los años setenta, una voz nos interrumpe. «Oye, eres muy extremo. Entiende que para nosotros es sólo una comedia, una historia que transmite buenos valores», es la voz de Griselda, una chiclayana que viene con nosotros en el tour y, al parecer, escucha divertida nuestra conversación de locos.

Tanto fue el avasallamiento que, al final del tour, termino por reconocer que en el Chavo del 8 puede haber cosas valiosas. A punto de despedirnos, Griselda me dice que iría con unos amigos a la República del Pisco. ¿Quiero ir? Claro, me había olvidado del pisco, esa bebida que enloquece a los personajes de Mario. Debido al frío, los cusqueños beben el pisco calientísimo, en tazas, perfumado con hierbas. Es como emborracharse tomando el té.

El tercer día la reseca arruina la salida que tengo programada a la Montaña de colores. Para recomponer el día, vamos al Sol Moqueguano donde, a decir de los cusqueños, se preparan los mejores y crujientes cuy al horno. Estoy por quedarme a seguir la fiesta en Cusco, cuando me entero que Arequipa está a tan solo diez horas en autobús. Si viajo de noche, estaré al amanecer en la ciudad donde nació Mario.

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En agosto de 2019 dejé la vida de abogado y comencé a trabajar como reportero. Al mismo tiempo y sin buscarlo, el amor llegó a mi vida, me golpeó como llevaba años sin golpearme, irresistible, como la piedra que se estrella contra el vidrio.

Cada verano, el periódico Reforma solía organizar un taller en el que se capacitaba a los perfiles que, eventualmente, serían contratados como editores y reporteros. Para ingresar se debían pasar varios filtros: de redacción, conocimiento generales e idioma. Durante los dos meses que duraba el taller, además de clases, hacías prácticas y recibías charlas de periodistas consagrados como René Delgado y Roberto Zamarripa. Fue ahí donde conocí a M. Nuestros intereses siempre fueron de lo más opuestos. En el punto menos opuesto, a mí me interesaba cubrir la agenda política y veía en el periodismo la mejor antesala de la carrera de escritor; en cambio, ella era toda una conocedora del mundo del espectáculo, antes había trabajado en medios especializados en música y una de sus pasiones era hacer crónicas de conciertos y festivales.

Y pese a esa barrera de inicio, gracias a la casualidad electiva —esa casualidad a la que se refería Octavio Paz cuando, en la India, experimentó por primera vez la comunión del deseo y el azar—, al hecho de que, si no hubiéramos coincidido en ese taller, jamás lo hubiéramos hecho, la relación  maduró rápido y a los pocos meses ya vivíamos juntos. Vivimos juntos durante cinco años. Cuatro de ellos fueron memorables.

En lo profesional, en lugar de pasar el día encerrado en una oficina, con plena libertad para elegir mis investigaciones, vagaba por la ciudad conociendo lugares y personas interesantísimas, “gastando aceras y sosteniendo esquinas”, diría don Florentino, citando a Artemio de Valle Arispe. Y al caer la noche, me encontraba con una mujer a la que amaba.

Juntos sufrimos inundaciones, combatimos plagas de mosquitos y de hormigas, cazábamos al camión de la basura, aprendimos a no dejarnos robar en los mercados, nos cuidamos en la pandemia, maratoneamos series, viajamos.

Sin embargo, en esa historia feliz había un gran silencio, un punto en el que no podíamos comunicarnos: la literatura y mi sueño de ser escritor. Cuando pienso en la razón de ese silencio encuentro muchas respuestas. Tampoco es que se tratara de un secreto. Ella sabía que me gustaba la literatura, pero este hábito parecía simplemente una forma más de mi entretenimiento; sabía que había escrito cuentos, pero éstos parecían más bien una caja guardada en el fondo del armario, caprichos que un hombre maduro logra superar. Las veces que intenté compartir con ella ese espacio, recibí desinterés e indiferencia. Por el contrario, las veces que ella intentó acercarse ahí, la aparté.

Puede que ambas actitudes reforzaran ese silencio,  pero de lo que no tengo duda es que, a su lado, hice las paces con la vida. Y, en el fondo, quizá fue esa la verdadera razón por la que no pensé que la literatura fuera un ingrediente necesario en nuestra relación. Fueron años en que no escribí nada y tampoco lo creí necesario. El periodismo me bastaba. Si se me ocurría una idea, me conformaba con anotarla en la mente. Había llegado a la conclusión de que podía dejar el sueño de la escritura para la vejez. Además, ¿qué importaba ser escritor? Se podía llevar una vida plena en la cotidianidad. La literatura exigía talento y quizá era hora de reconocer, con el corazón en la mano, que yo no lo tenía. Y el sentido que alguna vez me dio la escritura, lo sustituyó el amor y el genuino deseo del matrimonio y la paternidad.

Con ese objetivo claro, llegó entonces el momento de dar el siguiente paso. Desafortunadamente, el periodismo no es un buen camino para financiar una familia. Dejé el periodismo y regresé al derecho. Ella, que desde mucho antes había renunciado al periodismo, se volcó a los bienes raíces y a la venta de publicidad.

De vuelta a la vida de oficina, para sortear el tedio de la burocracia, ocupaba mi hora de comida para leer. Fue entonces cuando, en 2023, Vargas Llosa publicó Le dedicó mi silencio. La novela no es particularmente buena, más bien es bastante aburrida, pero qué puedo decir yo que nunca he escrito más de cien páginas y él, a sus ochenta y seis años, aún era capaz de una atrevida ingeniería. Fue una leyenda al final del libro lo que me descolocó. Era la despedida de Don Mario: “…Creo que he finalizado ya esta novela. Ahora, me gustaría escribir un ensayo sobre Sartre, que fue mi maestro de joven. Será lo último que escribiré”.

Por fin el día había llegado. Mario se retiraba a morir. Supe que ya jamás lo conocería. Recordé cómo en mis sueños más locos, él leía mis libros, incluso me reseñaba y se hacía mi amigo. Vanas fantasías que se estrellaban con la realidad de la vida. La conciencia de la muerte de Mario me hizo sentir en el vacío del estómago mi propia mortalidad. Yo también moriré algún día. ¿En ese momento de angustia —si es que es angustia lo que se siente al morir— me arrepentiré de mi renuncia, de mi derrota autoinfligida? ¿Y si la vida no me reserva una vejez plena para escribir? 

Y, al menos en mi versión, aquí es donde puedo marcar el punto de quiebre. No fue de inmediato. Poco a poco, surgieron dudas que consideré legítimas. ¿Qué clase de vida feliz es aquella donde uno tiene que renunciar a una parte valiosa de uno mismo? ¿Hay forma de equilibrar los deseos individuales y la debida atención que exige una familia? Soluciones las había, sin duda. Lo que no había era tiempo para vacilaciones. Esa oportunidad ya había pasado. Esos planteamientos eran de inicio, ahora sonaban como excusas inverosímiles, como demostraciones de debilidad y traiciones ocultas. Y las dudas multiplicaron las disputas y las disputas hicieron que los hábitos, antes tolerados, se volvieran chocantes. ¿Fueron dudas legítimas, Don Mario?

«Al final, la amé y fui feliz amándola [dice Ricardito en Travesuras de la niña mala]. Era cierto que nada me hacía tanta ilusión como estar allí con ella, era cierto que en mis escasas y siempre fugaces aventuras nunca había sentido esa mezcla de ternura y deseo que ella me inspiraba».

La vida no espera. Una noche de noviembre de 2024 llegué a casa y M. se había ido.

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El autobús tardó casi doce horas en llegar de Cusco a Arequipa. Con las primeras luces de la mañana, serpentea por el último tramo de las icónicas cordilleras andinas donde, a ratos, se levantan enormes nubarrones de polvo cobrizo y, al despejarse, dejan al descubierto manadas de alpacas, blanquísimas, como si el polvo, en vez de percudirlas, las limpiara. 

Arequipa es la segunda ciudad más importante del Perú. Es limpia, moderna y su plaza de armas está completamente franqueada por palacios blancos. Justo detrás del edificio de gobierno, en un perfecto eje vertical, destaca, sin obstáculos naturales, el volcán Misti. 

A dos calles del Monasterio de Santa Catalina —la ciudad dentro de la ciudad—, está la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa. En 2012, el escritor peruano donó  treinta mil de sus ejemplares. Es un edificio colonial de una sola planta pero con varios patios, uno central y otros secundarios entre las salas. 

Dentro hay una cafetería, una sala de exposiciones y un pequeño auditorio adaptado como cine. Me dirijo directo al acervo del Nobel y al entrar me recibe Simón Cobis, el bibliotecario. Es un hombre de unos cincuenta años, lampiño y de modales cuidadosos, junta y despega sus manos cada que termina una frase. Le repito la vieja cantaleta de por qué vine a Perú y me mira con un aire de desaprobación. Me interrumpe y cambia de tema: «Ahora hay escritores peruanos muy buenos. Hay uno en especial, se llama Rafael Dumett, él escribió “El espía del Inca”. Es una novela policiaca, ¿sabe usted? Está situada en el imperio incaico, es como revivir ese periodo glorioso. Debe buscarla, debe leer lo que escriben ahora los peruanos». 

La verdad es que yo sólo espero sembrarle el diente a los libros de Don Mario. Comienza a hablarme de un tal Augusto Aguirre Morales, un poeta arequipeño al que dedicó su tesis y que tiene grandes poemas sobre los Incas. ¿A mí qué me importa ese tal Augusto? Ahora yo lo interrumpo, ¿puedo ver y consultar los libros de Don Mario? 

La única vez que tuve de frente a Mario fue en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2009. Después de la presentación de El viaje a la ficción, esperé casi una hora para que, en segundos, me firmara dos libros, le expresara mi admiración, le entregara un cuento impreso y estrechara su mano, en ese orden. Un día antes inauguró una exposición sobre su vida en el Hospicio Cabañas; entre las curiosidades de la exposición, había varios ejemplares que pertenecían a su biblioteca personal. Los libros estaban abiertos en la última hoja, donde podían verse tupidas anotaciones. En la cartela debajo de la vitrina se leía que, por disciplina, siempre que Mario terminaba un libro solía dedicar esas últimas páginas para sus comentarios. La prueba de su autenticidad.

Simón duda un momento y después me dice que lo siga a la habitación contigua. El espacio es pequeñísimo para una colección de treinta mil ejemplares. ¿Encontraré en alguna de las anotaciones de Don Mario una frase que me devuelva el sentido de la vida? Tomo un ejemplar al azar, es Historia del descubrimiento y conquista del Perú de un tal Agustín de Zarate, voy a la última hoja, está en blanco. Tomo otro libro, La independencia en los Andes, también en blanco. ¡Un momento! Todos los libros son nuevos. ¿Por quién me toma este concha de su madre? ¿Piensa que soy fanático desprevenido?

Le digo a Simón que esa no es la biblioteca de Mario. No lo es, reconoce, pero ahí están algunos de los libros que Mario tiene en su biblioteca, es una aproximación a su biblioteca. ¿Y los libros reales? «Lo que sucede, verá usted, es que para ingresar al acervo debe solicitar un carné, lo puede pedir desde la computadora, sólo necesita registrar su DNI». ¿Cómo chingados voy a tener un DNI si no soy peruano? ¿Y de otra forma no se puede ingresar? Recuerde que vengo de tan lejos sólo para esto. No, no se puede. Otra vez la burocracia peruana me juega en contra. ¿Qué pensaría Borges de un bibliotecario como aquél? Le agradezco su atención y salgo. No tengo ya nada más que hacer en el Perú.

Me enteré de la muerte de Vargas Llosa mientras terminaba de editar un podcast sobre Chéjov. Misterioso como es el destino, decidí iniciar aquél episodio a partir de una pregunta que siempre me he hecho: ¿cómo es posible que podamos llegar a sentir un cariño especial por personas a quienes nunca conocemos? Autores, en este caso, a quienes llegamos a querer como un familiar o un amigo. Con Chéjov, por ejemplo, tengo la certeza de que, si fuera posible traerlo de entre los muertos, lo primero que haría sería darle un fuerte abrazo. Su lectura me tranquiliza y, genuinamente, despierta en mí el ánimo de empatizar con los demás, de actuar correctamente. Podría decir que Mario, por el contrario, es ese amigo con el que no te dejan salir de niño, un Huckleberry Finn que te sonsaca a la aventura, que te jala del brazo para apartarte del reposo y la inercia. Podría también decir que la amistad de Mario es como aquella que experimentan los nuevos reclutas respecto al veterano del batallón. Las dos imágenes son justas, pero insuficientes.

Inmediatamente después de ver la noticia, mi primera intención fue escribir algo, cualquier cosa al calor del momento. Sin embargo, en cuestión de minutos Mario se adueñó de la conversación pública. En todas las redes sociales brotaban noticias y videos prefabricados, que si Mario se casó con su tía y después con su prima, que si noqueó a García Mázquez, que si perdió la elección presidencial contra Fujimori. Ahora resultaba que tenía admiradores por doquier y que incluso sus detractores lo consideraban un maestro. Era la oportunidad de compartir una anécdota, presumir un libro, publicar una foto. ¿Qué podía decir yo cuando todo el universo conocido de Mario se compartía en tiempo real y en diminutos fragmentos?

Durante los días siguientes recordé una conferencia que Mario dio en 2015 en la Feria del Libro de Guadalajara. En ella habló de Rulfo y, de paso, del boom latinoamericano. Al final de su intervención dijo una frase que se me quedó grabada: “El boom ya no existe, yo soy en cierta forma el último sobreviviente. A mí me toca el triste privilegio de tener que apagar la luz y cerrar la puerta”. Apagar la luz y cerrar la puerta, pensé que ése podía ser un excelente título para despedir a Mario. Al parecer, la idea estaba en el aire porque Juan Gabriel Vázquez tituló así la charla que dio sobre el peruano en la FIL de Bogotá .

Al final, la idea de este texto llegó de pronto y sin proponérmelo. Caminaba del trabajo al metro cuando me di cuenta de que podía asociar cada uno de los libros de Mario a una etapa concreta de mi vida, podía recordar qué hacía y dónde estaba entonces. Reparé en que Mario me acompañó durante más de quince años. Ninguna amistad que he tenido ha sido tan larga. A esa compañía valía la pena dedicarle unas palabras.

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Ya en corto, Mario, te agradezco por ayudarme a encontrar el sentido de la vida. Hay muchas personas que lo buscan y jamás lo encuentran, terminan viviendo según los deseos de otros o de lo que el azar les depara. Parecerá la conclusión obvia de un libro de autoayuda, pero el sentido de la vida es cosa seria. ¿Y cuál es, para mí, este sentido? La simple alegría de leer literatura e intentar escribirla.

Por eso al Perú no fui en busca de ningún sentido y, por eso mismo, regresé sin ninguna revelación. ¡Pura basura! Era un claro acto de escapismo, de evasión, como ocurre en todos los duelos. Perú es un país grandioso y temo no haber disfrutado tu patria como pude haberlo hecho con la mente despejada. Tiene que pasar el tiempo, tienen que darse ciertas condiciones para que uno vuelva a encontrar su camino. Este texto, Mario, bueno o malo, es la primera cosa seria que escribo en años. No te voy a mentir, me costó mucho trabajo. Le robé horas a la noche y a la mañana. En el inter, empecé a desempolvar viejas ideas, se me ocurrieron otras y también empiezo a trabajarlas. De a poquito, Mario, siento que voy ganando condición. No me importa el tiempo, escribo sin prisa y sin disfraces. ¿Sabes? Me basta con escribir un solo libro, pero debe ser un buen libro. Cuando ese día llegue, cuando ese libro esté listo, estará dedicado a tu memoria, Varguitas.