Emilio Gómez Domínguez | Artículo
Quantos sou?: la pregunta que se encuentra grabada en los muros de la Casa de Fernando Pessoa en Lisboa. Nadie sabría responderle. Pessoa es al mismo tiempo el pagano, el cristiano, el esotérico. El del verso libre y el de las rimas estrictas. Si el nombre no es destino, ¿cómo explicar entonces la feliz coincidencia de que Pessoa signifique “persona” y persona, a su vez, “máscara”? Esas máscaras, los heterónimos, son cada uno una persona de tinta que respira y escribe. Cada uno de ellos es sí mismo y, al mismo tiempo, Pessoa. Es difícil no pensar en el propio Pessoa como un heterónimo más. A manera de homenaje e introducción al poeta, se presenta esta serie de tres breves comentarios a la obra de los tres grandes heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos.
El nacimiento de Ricardo Reis
En opinión de João Gaspar Simões, Pessoa no hubiera sido el poeta que fue de no ser por su estancia en Sudáfrica. Tras enviudar, la madre de Pessoa se casó con el comandante João Miguel Rosa, quien había sido nombrado cónsul en Sudáfrica. Así, en 1896, con tan sólo 8 años de edad, Pessoa dejó Portugal con su madre y su padrastro. La familia se estableció en la ciudad de Durban. Salvo por un par de viajes vacacionales, Pessoa no volvería a Portugal sino hasta 1905, cuando se establece permanentemente en Lisboa.
Ya establecidos en Durban, Pessoa fue inscrito en la Convent School, una escuela dirigida por ingleses. En ella, Pessoa llegó a dominar rápidamente el inglés, idioma que le permitiría acceder a la obra de Walt Whitman, la gran influencia detrás de los tres grandes heterónimos. También aprendió latín, según nos cuenta Miguel Ángel Flores, traduciendo diversos versos de Horacio. De este modo, Pessoa llevaba una doble vida. En su hogar, llevaba una vida portuguesa, mientras que en el escuela llevaba una vida inglesa. Este fue, quizás, el origen de los desdoblamientos de personalidad que marcarían la vida del poeta.
Si se rescata este viaje de Pessoa es porque de él salieron los elementos que integrarían la personalidad y la obra de los grandes heterónimos. En el caso de Reis, el aprendizaje del latín fue fundamental no sólo por los temas clásicos que se encuentran en su obra, sino por su estructura, siendo una especie de «Horacio moderno» que escribe en portugués.
Pessoa declaró que había creado a Reis el 29 de enero de 1914, aunque esta versión se contradice con la famosa carta que el propio Pessoa dirigió a Casais Monteiro en la que menciona que lo había creado alrededor de 1912. Finalmente, respecto a la biografía que le atribuye Pessoa, Reis nació en Oporto el 19 de septiembre de 1887, concretamente a las 16:05 hrs (detalle que conocemos debido a los minuciosos horóscopos que Pessoa elaboró para sus heterónimos) . Médico de profesión, desde 1919 vivió retirado en Brasil. Pessoa no dice nada más de su vida; sin embargo, para los interesados en la vida posterior de Reis, José Saramago da cuenta de su postrer regreso a Portugal y de sus últimos días en su novela El año de la muerte de Ricardo Reis.
El intelectualismo de Reis
La obra de Ricardo Reis retoma el paganismo de su maestro Caeiro; sin embargo, no se trata de un esfuerzo por aproximarse a la esencia íntima de las cosas (expresión que el mismo Caeiro despreciaría pero que uso aquí a falta de una mejor), sino que se trata de una reconstrucción consciente del paganismo desde un punto de vista de cultural e intelectual.
En su obra, Reis no sólo cuida la métrica de sus versos para darles un semblante «clásico» (algo ausente en los demás heterónimos), si no que se esfuerza por rescatar temas y motivos grecorromanos. Así, canta a Ceres y a Lidia, alaba al dios Pan y lo hace convivir con en sus versos con Jesucristo. En su comentario a las Odas de Reis, su hermano, Federico Reis, señala que su obra es un epicureísmo triste, un «esfuerzo lúcido y disciplinado por obtener cualquier calma«, apoyado en «una creencia real y verdadera en los dioses de la antigua Grecia que admiten a Cristo como un dios más«. Esta última idea, queda ejemplificada por el siguiente poema:
31.
El dios Pan no ha muerto.
Cada campo muestra
a las sonrisas de Apolo
los pechos desnudos de Ceres –
tarde o temprano veréis
por allí aparecer
al dios Pan, el inmortal.
No mató a otros dioses
el triste dios cristiano.
Cristo es un dios más,
tal vez el que faltaba.
Pan sigue dando
los sonidos de su flauta
a los oídos de Ceres
recostada en los campos.
Los dioses son los mismos,
siempre claros y calmados,
llenos de eternidad
y desprecio por nosotros, trayendo el día y la noche
y las cosechas doradas
sin que nos toque recibir
el día y la noche y el trigo
mas, por otro y divino
propósito causal.
Sin embargo, para los lectores de espíritu bucólico como el autor de este comentario, atrapados en las mandíbulas mecanizadas del mundo moderno que fueron forjadas en la época de Reis, los mejores y más conmovedores poemas los que contienen ese epicureísmo triste, ese «esfuerzo lúcido y disciplinado por obtener cualquier calma«, que es más cercano a las enseñanzas de Caeiro.
88.
Desea poco: tendrás todo.
Desea nada: serás libre.
El mismo amor que tengan
por nosotros, nos quiere, nos oprime.
89.
No sólo quien nos odia o nos envidia
nos limita y oprime, quien nos ama
no nos limita menos.
Que los dioses me concedan que, desnudo
de afectos, tenga yo la fría libertad
de las cumbres sin nada.
Quien desea poco, tiene todo; quien nada desea
es libre, quien no tiene, y no desea,
hombre, es igual a los dioses.
95.
De lo que quiero reniego, si el quererlo
me pesa en el ánimo. Nada que haya
vale que le concedamos
una atención que duela.
Mi balde expongo a la lluvia, para tener agua.
Mi voluntad, así, al mundo expongo.
No quiero más que lo dado.
o que lo tenido deseo.
Más allá de que el intelectualismo de Reis pueda parecer anacrónico para el lector contemporáneo que no esté familiarizado ni interesado en el mundo clásico, estos poemas, con su epicureísmo triste, pueden servir de consuelo para quienes, por cualquier medio, buscan un poco de calma en un mundo que no para ni un segundo.

