Dr. Et al | Opinión
Una vez más y como siempre, la Dra. Sheinbaum, en su infinita sapiencia, ha dado en el clavo con su propuesta de gravar los videojuegos violentos. No se trata, como algunos han sostenido, de un desplante que revela el conservadurismo de una tía que quiere parecer liberal. Tampoco se trata, como sostienen otros, de un diagnóstico errado del problema que tiene sus raíces en el activismo burgués, urbano y universitario en el que, dicen, se formó la doctora. Para nada. Se trata de una medida que atiende a las causas principales de la violencia.
Basta de ignorar lo que es evidente. Todo aquel que haya jugado Mario Party en una reunión de amigos prevé que la velada terminará en pleito. Quien haya arrojado un caparazón azul en Mario Kart es consciente de que su integridad física está en riesgo pues el receptor de aquel caparazón probablemente le soltará un buen sopapo. Además, es bien sabido y de todos conocido que no hay nada más peligroso que una señora que ha perdido todas sus vidas en Candy Crush. Estos juegos nunca han contribuido a la tan anhelada paz social, por el contrario, sobreexcitan a la población y la predisponen para la violencia. Está comprobado que la exposición prolongada a este tipo de juegos ocasiona alteraciones cognitivas a largo plazo que impiden el razonamiento crítico y el manejo adecuado de las emociones. Sus efectos son tan nocivos que han sido comparados con las consecuencias lobotomizantes que produce la lectura cotidiana de El Soberano.
Yo personalmente he sido testigo de la relación entre la violencia y los videojuegos. En una ocasión, tras ser despojado de mis pertenencias a punta de pistola, reuní el valor necesario para preguntar al ladrón por qué obraba de esa manera. Su respuesta me dejó helado: Me gustan mucho los robos de trenes en Red Dead Redemption 2, ¿lo has jugado? Al responder que no, me miró con condescendencia y, resignado, dijo: Si quieres puedes venir a mi casa a jugar. Te paso mi dirección. Si te gusta, algún día podemos salir a asaltar juntos. Anoté su dirección, pero nunca atendí a la cita. Temí que participar de aquello fuera el inicio de mi carrera en el hampa.
Como puede verse, los videojuegos nos muestran un aspecto complejo y contradictorio del pueblo sabio y bueno. El mismo pueblo sabio y bueno que fue capaz de elegir al mejor Poder Judicial de la historia del Universo (del Big Bang a la fecha) es, simultáneamente, lo suficientemente estúpido para imitar, sin cuestionamiento alguno, todo lo que ve. Basta con jugar Grand Theft Auto para el algún incauto despoje a los demás de sus vehículos al grito de CJ, yo! Afortunadamente, los ciudadanos promedio son incapaces de traer a la realidad los fatalities de Mortal Kombat.
Pese a lo anterior, la Dra. Sheinbaum, en su bondad y sabiduría eternas, ha reconocido (para sí, pues no lo ha dicho públicamente) que si bien el pueblo es estúpido, no lo es tanto como para no poder ser educado. Todo lo que necesita para aprender es un pequeño escarmiento como el que se da a nuestros compañeros animales. Un escarmiento que no sea demasiado cruel que provoque rencor, pero que no sea tan leve que pase desapercibido. De este modo, ante la imposibilidad de amarrar al pueblo al tinaco de la azotea, la Dra. Sheinbaum, llena es de gracia, decidió promover la reflexión en torno a los videojuegos violentos por medio de la imposición de gravámenes, pues no hay mejor instrumento de reflexión que infringir dolor en los bolsillos de la ciudadanía. Siempre que pago el impuesto sobre la renta, me invaden profundas reflexiones sobre lo idiota que soy al tener que ganar dinero para pagar mi existencia sobre la tierra.

Humildemente creo, sin poner en duda la sabiduría de aquella que hace gala de todas las virtudes, que la Dra. Sheinbaum se ha quedado corta. Su propuesta también debería incluir gravámenes para los libros y novelas con contenido violento. No estoy diciendo, malpensados y malpensadas, que la Dra. Sheinbaum sea una iletrada que desconozca la existencia de tales. Para nada. Se sabe que su juicio es infalible. Lo que digo es que, considerando las múltiples tareas y preocupaciones de la doctora, algo tan irrelevante como los libros pudo pasar fácilmente desapercibido.
Para ilustrar mejor este punto, compartiré un par de ejemplos que mis informantes me han hecho llegar. Ocurrió que alguien leyó Meridiano de sangre, la infame novela de Cormac McCarthy acerca de la infame banda de Glanton, agrupación dedicada al exterminio de los pueblos indígenas en el norte de México durante la primera mitad del siglo XIX. La novela gustó tanto a esta pobre alma que su juicio quedó embotado y se le ocurrió publicar, en cartulina fosforescente para llamar más la atención, un anuncio que a la letra decía:
Busco pelón albino y a otros 20 cabrones bien locotes para ir a escalpar indios a la sierra de Chihuahua. Teléfono: […]
Por fortuna, se evitó alguna tragedia gracias a que Yazmín, una muchacha local, cumplía XV años y los carteles que indicaban cómo llegar a su fiesta (también en cartulina fosforescente) distrajeron la atención de aquél desafortunado anuncio.
En el segundo caso, alguien tuvo a bien leer Crimen y castigo y llegó, con Raskolnikov, a la conclusión de que el mejor uso que se puede dar a un hacha es el asesinato de usureros. Así, se presentó, hacha y libro en mano, en la sucursal de Banco Azteca más cercana a su domicilio. Antes de que pudiera dar rienda suelta a su frenesí, un agente de la ley particularmente culto, al ver el ejemplar de Crimen y castigo, pudo identificar sus intenciones y realizar la detención. Tras esta heroica hazaña, el gerente del banco felicitó al oficial diciendo: Un ejemplo para la comunidad. Después de todo, ¿un poco de usura vale la vida de alguien?
En ambos casos, la casualidad evitó la desgracia; sin embargo, ¿hasta cuándo podemos depender de la suerte? Es necesario que el gobierno tome cartas en el asunto y que, si no puede censurarlos, por lo menos imponga gravámenes a los libros que puedan ser peligrosos y trastocar el juicio de la ciudadanía. Ejemplos hay muchos. La ciudad y los perros podría servir de inspiración, Dios no lo quiera, a los alumnos de alguna secundaria técnica. El extranjero podría sugerir que un homicidio se puede justificar por el calor. Dra. Sheinbaum, urge un listado de los libros violentos que serán sujetos a gravámenes.
Como una humilde aportación, sugiero que, para integrar ese listado, se empiece por descartar los libros que no representan ningún riesgo. De entrada, se puede descartar con toda seguridad la obra de Marx por ser ininteligible e inofensiva. Sin embargo, sólo la Dra. Sheinbaum, como encarnación del Verbo y de todo lo que es bueno y sagrado, tendrá la última palabra.
Termino en esta ocasión, con un versículo bíblico:
Mateo 5:9
Bienaventurados los pacificadores que gravan los videojuegos violentos, porque ellos serán llamados hijos de Sheinbaum.
Amén, hermanos y hermanas, amén.
Atentamente:
Dr. Et al: creyente en la doctrina de la revelación sheinbaumiana, enemigo mortal de los videojuegos, paladín del SAT y entusiasta de los impuestos y de la censura.

