Derecho sin religión: ¿cómo surge en México?

Detalle del mural de Diego Rivera de las Leyes de Reforma en la escalinata central del Palacio Nacional
Héctor Florentino Sánchez de la Cruz | Notas sueltas

“Aún en los estados constitucionalmente laicos o incluso hostiles a la religión… interpretan la realidad o interactúan con ella en el marco de la cosmovisión esencialmente religiosa”

El profesor Pablo Mijangos y González, quien tiene formación como abogado y estudios en historia, en su ensayo La República Católica y el difícil camino a la secularización del derecho mexicano, aborda distintos puntos de vistas para proponer una explicación sobre cómo se fueron mermando las fuerzas de la religión católica para lograr el derecho laico mexicano, incluso propositivo, al definir que la secularización es el retroceso de lo religioso en el espacio público. Para lograr su objetivo, el autor señala que escribió sus ideas con la influencia del trabajo sociológico de Karel Dobbelaere al dividir la realdad histórica en dos dimensiones: social e institucional.

Advierte el autor que la dimensión social de la religión católica tuvo estabilidad durante los siglos de la colonia, modificándose gradualmente hasta llegar a conflictos entre la iglesia y el gobierno; sumado a crisis económicas y a las inseguridades que arrojaba “litigar” al doble entre los tribunales de la Iglesia y los tribunales del Estado. Lo anterior, en adición a los abusos y la corrupción de la clero, propició un proceso de secularización a pesar de que predominó la confesión religiosa, se practicaba de diferentes formas.

Con estos antecedentes se inició la lucha paulatina para quitar el control que ejercían sobre el pensamiento y las acciones de las personas. Se relata que el primer antecedente ocurrió en 1833, cuando se le quitó el carácter obligatorio al pago del diezmo. El siguiente hecho de escándalo nacional fue el ocurrido en entre 1851 y 1852, cuando el michoacano Melchor Ocampo, propuso eliminar el pago forzoso de bodas, bautizos y entierros. Al descubrir estos elementos históricos, sugiere el autor que se revela la dimensión social.

El autor señala que son los muchos puntos de conflictos que se desarrollaron en la impartición de justicia católica, abordando tres ejemplos que ilustran su declive: primero, la persecución de obras literarias anticlericales; segundo, el sistema judicial de la Iglesia, y tercero, el fomento del matrimonio forzoso como base de la sociedad. Explica al igual que el clero concentraba la mayor parte de casos, liberando indebidamente a personas que cometieron delitos graves, censurando libros contrarios al credo, cobrando deudas de toda índole y usando el fuero eclesiástico para no ser acusados de ningún delito. No omite señalar que los tribunales eclesiásticos no tenían facultades para decidir sobre esos asuntos, apuntando que aquellas sentencias sólo se justificaban con las influencias y la protección oficial que le brindaba el gobierno.

En otras líneas distingue otra herencia de la monarquía española que aparenta tener rasgos protectores, el llamado “recurso de fuerza”, que no era de uso frecuente. En los escasos asuntos en que fue empleado, se desobedecieron por el poder que tenía el clero. El recurso consistía en que cuando los jueces eclesiásticos se equivocaban al haber negado derechos fundamentales de las personas, la Suprema Corte de Justicia podía conocer y resolver el recurso planteado para que la misma justicia de la Iglesia lo corrigiera. Esta herramienta aunque alabable, ninguna corrección a la justicia logró. Ante este antecedente jurídico, se refiere un distinto esfuerzo académico contemporáneo del año 2023, El problema del error judicial, elaborado por el profesor León López, con ideas originales que persiguen identificar los errores de los juzgadores; en el entendido que las épocas cambian, las prácticas nunca.

En la construcción de la dimensión institucional, no olvida citar a la enaltecida Constitución de 1857, que iniciaba: “en el nombre Dios y con la autoridad del pueblo mexicano”; menciona que esta expresión buscó que cada servidor público al tomar protesta de su cargo jurara ante la Constitución, sustituyendo el rito religioso de jurar con la biblia. A causa de ello, la Iglesia opuso resistencia. Entonces, lo que debía ser una costumbre laica, quedó excluida con el paso del tiempo a pesar de ser practicada en casi todo el país y con mayor éxito en las zonas con debilidad católica cuando la Carta Magna entró en vigor. Entre los argumentos de rechazo a la novedosa experiencia de juramento, el que más eco generó fueron los mensajes de las misas donde se les decía a la población que el Dios de la Constitución no era católico, apostólico o romano. Hechos que iniciaron por suscitar alteraciones sociales.

Culmina apuntando en su ensayo que, la separación de la Iglesia y el Estado fue producto del fracaso de la república católica, bien utilizado por los llamados liberales. Con el paso de los años llegó la Constitución de 1917, que tomó y mejoró las ideas de las Leyes de Reforma. Después, en 1926, el Presidente Calles Campuzano planteó leyes consideradas anticlericales y en 1927 es fusilado el padre Pro (Julio Scherer García, narra los acontecimientos en el libro “El indio que mató al padre Pro”), iniciando así un enfrentamiento antirreligioso más agresivo que, se argumenta, tomó casi 200,000 vidas. En esta etapa histórica, el personaje más particular fue el tabasqueño Tomás Garrido Canabal, junto a sus Camisetas Rojas. Muchos mitos giran en torno a la figura, entre ellos la frase: “mata curas y quema santos”.

Mijangos y González, sin que tal vez haya sido su propósito deja al análisis del lector diversas preguntas sin respuesta que se apartan de la historia y el derecho para dar espacio a la sociología, ¿las religiones aumentan o disminuyen con los avances de la ciencia? y ¿las religiones aumentan o disminuyen en los centros urbanos industriales? Entre el texto y otras lecturas, hacen evocar la siguiente reflexión: la religión es una idea de múltiples rostros que mantiene una capacidad de adaptabilidad que preocupa a los estudiosos de las ciencias sociales. La religión por sí misma advierte innumerables interpretaciones, incluso autores como Jorge Luis Borges apuntan que la Biblia fue escrita en un lenguaje para cada persona tuviera su Biblia personal. Después de todo, un hecho que suele pasar desapercibido es: las religiones buscan la eternidad; en lo secular, en lo temporal, es donde las ideas son fugaces y las personas pasajeras.

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