Omar García Hernández | Reseña: Septología de Jon Fosse
Dividida en siete partes agrupadas en tres novelas, Septología trata el retorno social de un pintor distanciado por el luto de su mujer y por la enajenación de su arte. Podríamos aventurar que la enajenación del artista por el arte es la trama de Septología, desplegada en días de cambios y de recuerdos que invaden la realidad del pintor Asle, recuerdos que literalmente trastornan los espacios trasponiendo otros, o bien haciendo aparecer personas del pasado sobre las carreteras y las casas de una solitaria provincia de Noruega. Hay críticas sobre la prolongación de los hechos en la narrativa. Creo que, en suma, son críticas a la idea de la temporalidad en las novelas y en la poesía de Fosse. En ambas suprime el uso de puntos, dando una fluidez que, en sus repeticiones, a veces dota de mayor importancia a las ideas, pero que, otras, vuelve el lenguaje acartonado y a sus personajes extraños por estar sumidos en diálogos que se confunden o bien se reiteran. La repetición es un recurso con varios fines, pero dotar de mayor realismo no es uno de ellos; el discurso de Fosse no es la realidad sino la memoria. Pero, ¿cómo es que la memoria se distingue de lo real? Creo que ahí está la clave de las críticas al estilo alargado de Fosse: ¿los pensamientos son una forma de conocimiento literario?
A lo largo de los pensamientos de Asle, hay un frecuente rechazo a las ideas grandilocuentes y excesivas, incluso al momento de pensar sobre su arte o sobre Dios. Sólo que este rechazo de lo sublime está inserto en un momento de la vida del personaje de sobriedad y luto, de apartamiento e invierno (pero que en el curso de los días busca dejar atrás). Las primeras dos partes de Septología constan de 300 páginas que relatan dos días de recorridos por la carretera tras haber terminado su cuadro más reciente, una línea morada cruzándose con una línea marrón, titulada La cruz de San Andrés. Aunque dichos dos días despliegan varios años de la vida de Asle, en suma, buscan entender su desconexión con las personas, y por qué se ha ido alejando en su abstracción que toca fondo con dos líneas en forma de cruz. Creo que Fosse retoma recursos teatrales en sus novelas, siendo el teatro una representación de ideas mediante acciones, puesto que la teatralización como método es un camino de vuelta al sentido social y al yo colectivo. De ahí el título de la tercera, cuarta y quinta parte: Yo es otro, dejando atrás el título El otro nombre de las partes I y II. Porque hay un personaje clave en las máscaras arquetípicas de la novela (como la Madre, el Padre, la Hermana, el vecino, el borracho, Beyer el mecenas): Asle. No Asle el pintor sino Asle el borracho, que en las primeras dos partes tiene una catarsis etílica más y es rescatado, por puro azar, por Asle el pintor, de las garras de la nieve en las que se hundía sólo para volver a caer en las manos de la taberna. Eso es lo bello en las dos primeras dos partes de Septología.
La tercera y cuarta partes nos muestran un crecimiento personal paralelo en dos momentos de la vida de Asle: el abandono del nido materno (materno, pues el Padre funge como autómata platónico que responde afirmativa o negativamente a las cuestiones del hogar) y la víspera de las fiestas navideñas que en la dimensión individual también significan renacimiento. Sin embargo, el método de la memoria de Fosse tiende a ser más complejo, puesto que la técnica que inició en las primeras dos partes de una especie de simultaneísmo de dos momentos diferentes se bifurca en muchos instantes, en muchos recuerdos que aleatoriamente devienen, experimentando con la memoria cronológica de Proust que ya trataba una novela a dos tiempos configurando el presente. Pero, a diferencia de Proust, influido por la fenomenología de Husserl y otros autores en aquél momento, que tenían la pretensión de construir una disciplina sobre la lógica, la filosofía y la psicología, el método de Fosse tiene otro contexto y otras pretensiones. Mientras que A la busca del tiempo perdido puede que pretenda una biografía de la experiencia, considerando su contexto fenomenológico, Septología se enmarca en otro contexto y bajo otras influencias. Autores mencionados en sus páginas son Beckett, Trakl y Meister Eckhart. Dos vanguardistas y un hereje de la teología que, igualmente, explora la percepción. “Creo que la omnipotencia de Dios deviene de su impotencia” piensa Asle en sus reflexiones, invadido por una turba de recuerdos sin orden aparente que, como tales, no puede modificar porque están dados. Asle no recuerda conforme va cruzando sus vivencias, sino que observa sus vivencias mucho tiempo después de consumadas, intentando encontrarles un sentido ante la impotencia de modificarlas. Se trata, pues, de una experiencia irreal del ser puesto que Asle ha dejado de ser, y deja de ser nuevamente en sus ataques de fiebre de la memoria. Los recuerdos de Asle son un borronearse. Son también su arte porque la pretensión de Asle al pintar es borrar una imagen que ha quedado atrapada en su interior y lo hace sufrir. Para Asle recordar ya es pintar. De esta manera, el protagonista retoma una posición incómoda para la literatura contemporánea, que es la del mero observador, aunque toda su visión le ataña porque se trata de quien es él, pero que está entre atrapado (ante la impotencia de cambiar sus recuerdos dados) y liberado (por despejarse de la consciencia los recuerdos que se le representan en sus lugares comunes).
La quinta y sexta partes de Septología tratan la vida adulta de Asle y sus primeros encuentros con un pintor alcohólico de abrigo negro, bolso marrón y bufandas artísticas llamado también Asle. La figura del otro Asle es probablemente uno de los mejores recursos que utiliza Fosse. Desde la primera parte de la novela, en que el otro Asle cae en una crisis etílica de la que nadie sabe si saldrá, el personaje nos mueve entre la compasión y el fastidio moral al ver sus excesos sin fin. Digo fastidio porque nos distancia de su necesidad de alcohol, de sus vibraciones por la abstinencia, pero el otro Asle no nos genera repudio. Porque ante la alteridad, Fosse prefiere el fastidio que el repudio moral, y obligándonos a ayudarlo bajo la cara del protagonista, un pintor reconocido, de vida holgada, aunque austera, y habiendo dejado el alcoholismo gracias a la religión y a su esposa, la novela representa la virtud de la compasión ante un mismo Asle al que no le ha ido tan bien en el camino. Septología, al tratar la relación entre los dos Asle y relatar la biografía del primero, también es una pregunta sobre por qué la caída del segundo Asle es menos afortunada. Considerando que en algún punto de la novela al primer Asle se le tacha de comunista, la cuestión se vuelve más interesante porque se plantea la imposible igualdad entre dos seres iguales. Y parece que el meollo del asunto está en la suerte que tiene Asle de encontrar a su difunta esposa, Ales, por azar, en una cafetería a la que ella no había ido nunca, y a la que él no habría entrado de no ser porque llegó tres horas antes a una cita para mudarse de ciudad y estudiar Arte. En cambio, Asle el borracho también entabla relaciones amorosas, pero parece que de nueva cuenta no corre la misma suerte que Asle el protagonista, embarazando a su novia Liv en la universidad, luego separándose y saliendo con Siv, quien lo abandonará marchándose con sus dos hijos.
En este punto de la trama llegamos a la última parte (VII) de Septología: coincide el estudio de Asle de su arte con su decisión (y sensación) de abandonarlo por pensar que ha pintado todo lo que debía o podía pintar; su contacto con el amor de su vida, Ales, con su ausencia; la serie de malas decisiones de Asle, el borracho, y su catarsis constante que entendemos conforme vemos sus matrimonios forzados, uno por esperar a un hijo, y otro por querer escapar de su familia y sentirse atrapado. Porque Asle el borracho representa a las pasiones desmesuradas a las que cualquier pintor puede sucumbir, sin el ostento del romanticismo, sino representándolas al lector en sus prácticas más concretas como lo son el alcoholismo o la toma de malas malas decisiones. Fosse marca una distancia interesante con el movimiento romántico. A través de la comparativa del pintor sano y el pintor caótico, nos muestra las reminiscencias del romanticismo decadente en nuestra época pero también cómo el romanticismo más bien es omnipresente y, en su opinión, repudiable (o fastidioso). Asle el borracho representa al poeta maldito que no tiene nada de lo que enorgullecerse. Pero, asimismo, nos muestra cómo Asle, el artista ejemplar, tampoco tiene motivos de orgullo, aunque piense en Dios al mismo tiempo que mira los ojos de su perro Brage, porque le disgustaría escuchar grandes palabras en medio de su silencio.

