Omar García Hernández | Reseña: La mansión de William Faulkner
A manera de aclaración:
La Mansión es el final de la saga de los Snopes iniciada con El Villorrio y proseguida en una segunda parte, La Ciudad. La aparición de los Snopes nos plantea que las formas de lectura siempre están cambiando: hay secuencias de tiempo de sus personajes que transcurren paralelamente a la trama en en la que se centran cada una de sus novelas, lo que resulta en una obra como representación colectiva del Sur estadounidense. Por ello nos permitimos la libertad de omitir la reseña de La Ciudad por considerar que su entramado, a grandes rasgos, está presente tanto en El Villorrio como en La Mansión, en vista del uso característico de Faulkner de la reiteración narrativa y del reordenamiento temporal de una historia desde la perspectiva de otro personaje. Aunque claramente no negamos la importancia literaria de La Ciudad, sí podemos señalar que el mismo Faulkner reconocía ciertos rasgos de decadencia de su pluma desde que trabajó como guionista en Hollywood y que La Ciudad ya denota el abuso de sus recursos estilísticos en la escandalización por la vida amorosa del protagonista de la saga, Flem Snopes. Ahora pasaremos a la reseña de La Mansión, obra que pretendió cerrar las puertas del condado de Yoknapatawpha, al menos en lo que a su canon de personajes se refiere.
Te podría interesar: La avaricia y las tentaciones necesarias: los Snopes en Faulkner. Parte 1
Jean Paul Sartre dedicó un pequeño pero significativo ensayo a la obra de Faulkner desde la perspectiva del tiempo[1], describiendo al narrador faulkneriano como el conductor de un automóvil que sólo puede ver lo que acaba de recorrer mientras maneja. Una alegoría muy exacta de lo que se siente un personaje de Faulkner, en su carácter trágico y en su carácter filosófico; trágico como belleza destinada a cegarse, filosófico como concepción sobre el movimiento que, desde Zenón, el pensamiento busca explicar. En síntesis, Sartre critica tajantemente una ausencia de horizonte de posibilidades que otorgue libertad a los personajes de Faulkner, y, por lo tanto, a sus lectores. Esta es la crítica más dura que he encontrado a Faulkner, más allá de sus problemas con el alcohol coherentes con su vitalidad romántica ─que también expresan una idea de la Literatura pero de los que hablaremos después─ en la que, según declaraba, se obstinaba en el irónico empeño de ser olvidado. Sin embargo, el tiempo en sus novelas, y en concreto en la trilogía de los Snopes, fluye tan fuertemente que pareciera imposible mirar atrás, por más que el avance de los personajes durante décadas sea una libertad ilusoria en la que cada uno regresa a su pasado configurado. Si, según Sartre, no hay libertad en mirar atrás, tampoco la hay en sólo mirar adelante -y esta sería una respuesta de Benjamin, coetáneo y amigo suyo-.
Faulkner llegó a afirmar que no existe el futuro y ni siquiera el presente, que sólo acontece el pasado. J.M. Coetzee[2] en su ensayo sobre Faulkner sostiene que su obra concilia la idea del tiempo de Bergson y la “sintaxis de la memoria” al considerar, creo yo, las fuentes que Faulkner estudió en su propio momento que aunque no fueran filosóficas supuraban filosofía. Para aquél momento Husserl y Freud eran síntomas de uno de los intentos de la historia de la filosofía por conciliar todas las ciencias en una gran ciencia universal, y los poetas no estaban exentos del frenesí epistemológico, a tal grado que nace la necesidad de delimitar formalmente la Literatura (veamos los movimientos academicistas de la crítica literaria) o de experimentarla (experimentar: rehacer experiencia) desde la universalidad del saber (como pretendió Proust, otra influencia muy decisiva en Faulkner y en su construcción de la memoria). Hasta aquí, solamente intento esbozar en lo general una relación entre la literatura y la filosofía para el contexto en que Faulkner comienza a publicar sus primeras obras acabadas, ya sea desde La paga de los soldados (1926) o Mosquitos (1927), los cuales serán los fundamentos de la obra que culminará en La Mansión (1959) según él mismo pretendió[3].
La Mansión hace aparecer en el condado de Yoknapatawpha a Mink Snopes, campesino en pobreza extrema que vive a la sombra de su primo Flem Snopes, patriarca de comerciantes que logró obtener la presidencia del banco local al final de la novela pasada. Mink Snopes, que apenas apareció en La Ciudad, contará que en 1908 mató a Jack Houston, terrateniente que lo quería estafar vendiéndole su propia vaca (que Mink condujo a tierras de pastoreo de Jack Houston por ofrecerle mejores condiciones de vida de las que el propio Mink le podía ofrecer). 1908 habrá sido también el año en que su primo Flem Snopes se casó con Eula Varner y se fue a Texas de luna de miel para ayudar a Eula a ocultar que estaba embarazada producto de una violación en masa de un grupo de jóvenes en el bosque. Por este motivo, en 1908 Flem Snopes no se encuentra en el pueblo de Frenchman´s Bend y no podrá asistir a Mink en el proceso penal que tiene por asesinar a Jack Houston, aunque Mink habrá estado al vilo de su retorno de Texas, hablando desde las rejas de la cárcel del condado a los transeúntes que pasen por debajo rogándoles y ofreciéndoles dinero a cambio de que le transmitan el mensaje a Flem Snopes cuando regrese a la ciudad. Sus ruegos no son escuchados, y el juez lo condena a cadena perpetua. Mink termina por pelearse con su abogado. El último consejo que éste le da es que mantenga una buena conducta en prisión para que lo indulten a los veinticinco años de condena. Mink decide seguir este consejo.
Rodeado de la trama de La Ciudad, transcurre el tiempo y faltan dos años para que Mink pueda salir por indulto. Entonces regresan a la trama de la saga dos Snopes convocados por Flem para evitar que Mink salga y pueda vengarse de él por no haberlo ayudado en su proceso judicial. El primero es Clarence Snopes, senador, visitante frecuente del burdel donde trafican mujeres en Jefferson (incluyendo a la hija de un juez en Santuario) y que procurará por todos los medios evitar que Mink salga de prisión. El segundo es Montgomery Ward Snopes, un traficante de pornografía en el condado, también frecuentador del burdel, amigo de juerga de Clarence. Montgomery Ward retoma la historia y la cuenta en un estilo malpensado, malicioso y burlón, al ser enviado por el patriarca Flem a la prisión de Mink para extenderle la condena. Montgomery Ward tiene un solo objetivo: convencer a Mink de intentar escapar. No sólo lo convence, sino que lo persuade de escapar vestido de mujer. Montgomery cuenta el intento de escape, diciendo sobre Mink, su tío de sangre, al burlarse por verlo resistir el apaleamiento de los carceleros por intentar huir disfrazado de mujer, y luego verlo confrontarse con ellos que lo superaban por mucho en número y tamaño: el único hijo de puta técnicamente verdadero, auténtico, inmaculado, indiscutible que hemos producido jamás no era siquiera un Snopes. El capítulo que cuenta Montgomery Ward termina así, en otra forma de la compasión que Faulkner siempre procuró en sus historias, la compasión en la forma de la admiración. Años más tarde, se cuenta en La Mansión, Montgomery Ward tendrá una exitosa carrera en Hollywood, donde en su vida Faulkner trabajó muchos años como guionista y respecto al cual terminó muy resentido estéticamente (llegándose a lamentar de haber perdido el brillo de su estilo literario por escribir guiones).
La Mansión parece plantearnos que lo importante para tal momento de una obra ya no son los espacios sino lo que los personajes hacen con ellos. Es una alegoría al entrecruzamiento de muchos de los personajes de la obra faulkneriana y también al caserón que Flem Snopes arrebata a la familia del ex presidente del banco, los Sartoris, al final de La Ciudad y que comienza a habitar. Los Sartoris son un personaje cuya ausencia es importante para La Mansión porque Faulkner escribió dos novelas sobre ellos (Banderas sobre el polvo y Sartoris) y prosigue su historia en La Ciudad, a los cuales Flem Snopes desbancó en el lugar del poder mercantil en Jefferson. Los Sartoris son una de las familias más antiguas del condado de Yoknapatawpha, apareciendo en las novelas de Faulkner como toda una genealogía de la aristocracia virtuosa del sur que no entra en decadencia, a diferencia de los Compson (en El ruido y la furia y que reaparecen en esta novela) o los Sutpen (en ¡Absalón, Absalón!). Los Sartoris, junto con los Stevens que arriban en la trilogía de los Snopes, son las ramas sanas que perduran en las difíciles tierras del condado de Yoknapatawpha que por un espacio de cuarenta años Flem Snopes dominará, con los Sartoris exiliados por un escándalo público que Flem les creó en La Ciudad, costándole el suicidio de su propia esposa, y con los Stevens enamorados de la hija de Flem, Linda Snopes. Esta será una historia de amor / libertad / tragedia la contraparte de la venganza de Mink Snopes contra su primo Flem en La Mansión, que al salir de prisión, sin un centavo ni un amigo, sólo tiene un motivo: matar a Flem Snopes.
Hasta aquí, cabe preguntarse para qué puede servir una reseña ante una historia que se basta a sí misma. Parece que sólo la invitación a leer una obra olvidada y difícil de encontrar en físico. Porque entre spoilers (que pueden ser necesarios para otra forma de lectura de una obra) y comentarios y contexto parece que no faltara nada más ante una obra tan completa. Es decir, no una obra que presenta crossovers, sino que concluye con las historias pendientes de terminar y enlaza las tramas y dilemas esbozados por toda una vida bajo la problemática del poder y la moralidad en el sur de los Estados Unidos, un entorno que Faulkner criticó descuidado por el norte tras el fin de la Guerra Civil y cuya obra es un intento de hacerlo literatura y de hacerle literatura. Esta pretendida última novela de Faulkner (“pretendida” porque le daría tiempo de escribir The Reivers y ganar otro Pulitzer) trata el poder y enseña a ejercerlo, puesto que mediante el descaro, la crueldad, y la ausencia de escrúpulos nos señala, mediante sus ausencias, las buenas formas de ejercer el poder. La Mansión también es el fin de un proyecto literario que sí, podría considerarse literatura como una forma de la filosofía puesto que rompe con las repetidas tragedias anteriores de Faulkner y nos muestra el final de muchos personajes que mediante el mal aplastaron muchas virtudes en otras novelas. Es creíble puesto que tarda cuarenta años de prosperidad para los malvados en llegar la justicia, y muchos personajes terminan por no saldar cuentas con el destino, pero ofrece, como narrativa final, una justificación del bien que decidieron todos los personajes en las novelas anteriores.
[1] “A propósito de El Sonido y la furia. La temporalidad en Faulkner“, de Jean Paul Sartre.
[2] “Mecanismos internos”, capítulo 15, de J.M. Coetzee.
[3] Faulkner declara en una breve nota al principio de la novela que ésta es la obra que termina los intentos de sus primeras obras, quizá en un temor de la muerte y de completar su obra (lo cual, debió saber, no tuvo tiempo Proust, en competencia en tiempos con la muerte, y por lo que algunos críticos cuestionan su obra como si estuviese incompleta), o quizá porque, en efecto, decidió colgar la pluma (hasta que escribió The Reivers).

