Graham Greene o las contradicciones de la fe

Carlos Erasmo Rodríguez Ramos | Reseña: El poder y la gloria de Graham Greene
 

Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal. Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre jamás. Amén. Mateo 6:13

En 1938, Graham Greene atravesaba a lomo de mula las selvas y ciénagas del sureste de nuestro país. El escritor británico llevaba tiempo buscado la forma de viajar a nuestro país para escribir sobre “la persecución religiosa más feroz en cualquier parte desde el reinado de Isabel”.

Por aquellos años el anticlericalismo del gobierno mexicano había alcanzado su punto máximo impulsado por el ascenso de Calles a la presidencia en 1924. Esta postura del gobierno alcanzó sus más terribles proporciones en Tabasco. Entre 1919 y 1934, la entidad había sido gobernada, en periodos intermitentes, por Tomás Garrido Canabal, un político ateo inclinado hacia el socialismo. Su polémico programa de desarrollo buscaba liberar a los tabasqueños de sus ataduras materiales y espirituales. Así, además de apoyar el fortalecimiento de la educación pública y el mejoramiento del sector agropecuario, Garrido Canabal también impulsó la prohibición de las bebidas alcohólicas y, por supuesto, la eliminación definitiva de la influencia oscurantista de la Iglesia Católica. Esta eliminación se tradujo en una brutal persecución en contra de los católicos y el clero. Entre las medidas impuestas por Canabal se encuentran no sólo el cierre de templos y la destrucción de figuras religiosas, sino también el arresto y asesinato de creyentes y sacerdotes. Aún hoy, existe polémica sobre el número de víctimas de esta persecución.

Durante este viaje, Greene se dedicó a compilar testimonios de aquellos terribles años. Producto de su experiencia surgió, en 1939, Caminos sin ley, un libro en el que el escritor relata su viaje con la actitud de un turista británico exasperado por el calor y los mosquitos. Sólo con el sosiego que brinda el paso del tiempo, Greene pudo sobreponerse a esa actitud y explorar las historias que había conseguido en aquel viaje para finalmente escribir la que muchos consideran una de sus mejores novelas. El poder y la gloria no sólo es una denuncia de lo absurdo de las persecuciones religiosas, es sobre todo una exploración sobre las contradicciones de la fe.

El último cura de Tabasco

Entre iglesias quemadas, santos destruidos y relatos de curas fusilados, Graham Greene urdió la trama de El poder y la gloria, basándose en una anécdota que ya registra en Caminos sin ley.

            El protagonista de la novela es el último cura de Tabasco, un hombre que por su gusto por las bebidas alcohólicas es conocido como el Páter-whisky. Este hombre, con las autoridades del estado pisándole los talones, deambula entre los pantanos y selvas del estado, visitando pueblos y rancherías apartadas con la única finalidad de celebrar misas, escuchar confesiones y otorgar sacramentos.

            Su compromiso con sus deberes religiosos, con la salvación eterna de aquel pueblo al que quieren arrebatarle la fe, lo hace ignorar su propia salvación terrena. Somos testigos de este compromiso en innumerables pasajes de la novela. El Páter-whisky gasta el dinero que le sobra en vino para oficiar misa, aunque al final, el vino termine en la barriga de la policía estatal. El Páter-whisky monta en su mula a un hombre enfermo que encuentra por el camino, aun cuando momentos antes, ese mismo hombre lo haya amenazado veladamente con entregarlo para cobrar la recompensa. Finalmente, el Páter-whisky renuncia a escapar al estado vecino donde la persecución no existe, sellando para siempre su fatal destino. Esta piedad sin límites, que no discrimina entre aliados y enemigos, termina, irremediablemente, por destruirlo.

            Pese a esta piedad, el Páter-whisky es, en realidad, un pecador. No sólo se entrega a la bebida, sino que ha roto el celibato engendrando una hija. El episodio en el que se reencuentra con su hija, evidencia viva de su enorme pecado, es uno de los más desgarradores de la novela. El mismo reconoce su condición: “No creo que los mártires sean como yo, los mártires son santos”. Sin embargo, y a pesar de lo que el protagonista diga de sí mismo, tal vez, el Páter-whisky está equivocado y es, en realidad, un santo.

Las contradicciones de la fe

Graham Greene ha sido considerado uno de los creadores del thriller. En novelas como Nuestro hombre en La Habana, Greene nos muestra su capacidad inigualable para desarrollar constantemente situaciones que mantienen en vilo al lector. El poder y la gloria se estructura de esta manera, como una sucesión de situaciones de suspenso que, en este caso, se traducen en una serie de desafíos a la fe de su protagonista. Ante cada prueba, la fe de ese terrible pecador triunfa a costa de su propia salvación. El Páter-whisky renuncia a sí mismo con tal de salvar a otros del pecado. Una novela con la trama así descrita fácilmente podría convertirse en un simple panfleto de la fe católica, en un ejercicio chocante de ensalzamiento de las virtudes de la fe.

En la obra de Greene, esto no ocurre debido a que el Páter-whisky es un pecador que acepta abiertamente su condición. Es un hombre que conoce los abismos de la humanidad y por lo tanto se preocupa por salvar a los demás de las profundidades que le son tan familiares. Su fe no es la fe fría de los creyentes mojigatos que cumplen los mandatos de la Iglesia al pie de la letra y miran por encima del hombre a los caídos en desgracia. Su fe es más bien un amor irrestricto a los demás, una verdadera emulación de Cristo.

De hecho, al Páter-whisky le preocupa también la salvación de esos creyentes de fe fría. En un pasaje que podría ser comparado con algunos de Dostoievski, el protagonista se encuentra en una celda con toda clase de delincuentes y se sorprende por la presencia de una mujer que desentona con el resto de los prisioneros. Esta mujer se enorgullecía de haber sido arrestada por tener la Biblia en su casa y, pese a ello, no dejaba de mostrar repulsión por sus desdichados compañeros de celda. Al respecto, Greene nos hace saber el pensamiento del Páter-whisky: “le preocupó siempre el destino de las mujeres devotas: tanto como el de los políticos. Se alimentan de ilusiones. Se aterrorizaba por ellos. Con frecuencia llegan a la muerte en un estado de complacencia invencible, vacíos de caridad”. La piedad del protagonista alcanza incluso para ellos.

Un personaje como el Páter-whisky que encarna las contradicciones de la fe es incómodo para la mayoría de las buenas consciencias que se abarrotan en las iglesias, señoras de ceja levantada que están en contra de la homosexualidad y el aborto, quienes no hacen más que condenar a sus semejantes desde su fe fría.

Si la literatura nos trastoca es porque demuestra las contradicciones indisolubles de la vida. La del Páter-whisky es interesante. Es la de un hombre que a pesar de violentar constantemente los mandatos de la Iglesia tal vez sea el más cristiano de sus pares. Es la ironía de que el verdadero santo sólo es aquel que alguna vez cayó en pecado y que, por vías misteriosas, alcanzó la redención, ¿acaso Pablo no recibió la iluminación en el camino de Damasco después de perseguir cristianos? ¿acaso San Agustín no ganó la fe tras una vida de arrebatos? ¿no es la redención, después de todo, la razón por la que Jesús murió en la cruz?