Adolfo Ulises León López | Reseña: Todo se desmorona de Chinua Achebe
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La primera vez que escuché el nombre del escritor nigeriano Chinua Achebe fue en voz de su compatriota Chimamanda Adichie, quien en 2009 impartió una conferencia para la organización TED, titulada “The danger of a single story”. Ella se refirió a él con las siguiente palabras: “Gracias a Chinua Achebe mi percepción mental de la literatura cambió. Me di cuenta de que personas como yo, niñas con piel color chocolate, cuyo cabello rizado no se podía atar en colas de caballo, también podían existir en la literatura”.
Antes de descubrir a los escritores africanos, Chimamanda solamente había leído escritores europeos que, cuando se referían a África, la describían como un lugar oscuro, reducido a una enorme estepa habitada por leones, elefantes y por demonios mitad hombres mitad simios.
Chinua Achebe nació en 1930 en la comunidad Ogidi de la región Igbo. Desde su primera novela, Things Fall Apart (1958), Achebe siempre escribió con un propósito: cambiar la mirada que los africanos tienen de sí mismos. En este sentido, bien se le podría emparentar con ese grupo de escritores que, en la segunda mitad del siglo XX, participaban de la llamada “Literatura comprometida”; es decir, de aquellos artistas convencidos de que una buena obra podía generar cambios inmediatos en sus sociedades.
Ignoro si Achebe leyó o conoció a Jean Paul Sartre, quien encabezó el movimiento de la “Literatura comprometida”, pero lo cierto es que su carrera como escritor coincidió con la descolonización de África, que comenzó con la independencia de algunos protectorados de Marruecos en 1956, de Ghana en 1957 y de Camerún, el Congo y la propia Nigeria en 1960. La historia africana tenía la oportunidad de ser reescrita.
En un ensayo titulado “The Novelist as Teacher”, Achebe escribe: “Es esta la revolución que elijo para ayudar a mi sociedad a recuperar la confianza en sí misma y dejar a un lado los complejos de años de denigración y humillaciones. Este es, en esencia, un tema de educación, en el mejor sentido de la palabra”. Añade que se sentirá satisfecho si sus novelas dejan claro a sus lectores que “su pasado no fue una larga noche salvajismo que terminó con la irrupción de los bondadosos cristianos”.
En manos de un escritor menos habilidoso, ese propósito “educativo” bien fácil podría convertirse en un panfleto o en un episodio de puro melodrama y cursilería, tal como aquella frase imperdible en un cuento de Edmundo Valdés: “El capataz, malicioso de por sí, dejó caer su látigo contra la noble espalda de Anselmo, el gentil labrador”. Sin embargo, el coraje de Achebe no se tradujo en coraje contra el conquistador. Sabía que devolverle la dignidad a su pueblo no consistía en invertir los papeles; más bien, el camino consistía en mostrarle a su pueblo su propia complejidad.
A partir de este punto hablaré de Things Fall Apart, novela que podemos dividir en dos partes. La primera nos describe la vida en la aldea de Umuofia alrededor de los años 1880-1990 y cuáles eran las costumbres de los igbos. Aquí conviene destacar que, si bien estos capítulos están llenos de descripciones didácticas, como explicaciones de ceremonias y creencias, lo maravilloso es que esas descripciones están de tal forma intercaladas con la acción que en ningún momento se vuelven tediosas. Vemos una sociedad que sorprende por la simpleza de su organización política y por la riqueza de una comunicación que descansa en el uso de proverbios: “Los igbo valoran muchísimo el arte de la conversación y los proverbios son el aceite de palma con el que se comen sus palabras”.
En la aldea de Umuofia tenemos a personajes como Okoye, un hombre que toda su vida vivió al día, pidiendo prestado y pagando deudas con nuevos préstamos, alguien que prefería culpar a los dioses por los malos cultivos de ñame en lugar de a su falta de esfuerzo, y cuya única pasión era tocar un tambor. Okoye es todo menos un salvaje, es un gran huevón, un soñador conformista si se quiere, común a todas las latitudes, pero no un salvaje.
Okokwo, el protagonista de la novela es, precisamente, hijo del perezoso Okoye. Desde muy niño, Okokwo tenía miedo de parecerse a su padre, de ser señalado por la comunidad como un fracasado, un inútil. La vergüenza que le provoca su padre es el impulso que lo lleva a convertirse en uno de los hombres más respetados de su tribu.
La segunda parte del libro comienza con una serie de calamidades y malas decisiones que, una tras otra, alteran la normalidad de Okokwo y lo llevan de la cima : participar como verdugo en la muerte de su hijo adoptivo, atestiguar la conversión de su primogénito al cristianismo y la pasividad con la que sus vecinos permiten que los ingleses se instalen en las aldeas. La mente de Okonkwo es un caos, quiere comprender qué le ocurre a él y al mundo y topa con pared. Al final, en mi opinión, es esa angustia por la ausencia de respuestas la que lo arroja al crimen y después al suicidio.
Chinua Achebe sabía que esas respuestas deben buscarse en la larga noche de la introspección, la mejor forma de reemplazar a la historia de la larga noche del salvajismo.

