Omar García Hernández | Reseña: El castillo blanco
En las novelas de Pamuk es clara la pretensión literaria de la que emanan los dilemas de sus personajes: el conflicto que surge de las distintas visiones del mundo en Occidente y Oriente Medio. Este conflicto es encarnado en dilemas morales fuertísimos: si la virginidad debe mantenerse hasta el matrimonio (El Museo de la Inocencia), si ser un esclavo te imposibilita ser un hombre libre (El castillo blanco), si la muerte puede estar justificada (Me llamo Rojo). Estambul es otra constante y a la vez el espacio que Pamuk describe en diversas épocas de la ciudad: tanto la medieval (El castillo blanco) como el final del siglo XX (El Museo de la Inocencia). Asimismo, retrata varias clases sociales, pero es claro que los Pamuk eran una familia aburguesada (el autor llega a retratar como personajes a su familia) y, por supuesto, ello permea en su idea de Literatura: el estilo es fluido y trabajado pero sin la fascinación del autor que no posee nada más, los personajes son los burgueses (el sultán, sus consejeros; los empresarios y ejecutivos y sus mansiones y sus choferes) y por lo tanto la forma de procesar sus dilemas está aburguesada.
El aburguesamiento de Pamuk llama especialmente la atención porque otro de los ejes centrales de su obra es la perspectiva que plantea sobre la misma Literatura, y teniendo tanta tradición conexa con su presente ─tanto con Occidente como con su propia tierra y con la religión musulmana─, las fuentes tradicionales obligan a establecer una relación distinta con ellas y con lo sagrado. Por ello podemos notar cierto genio de Pamuk en detectar el lugar y su propio tiempo adecuado para escribir sobre la moral, replanteando la vigencia de dogmas de las leyes sagradas: rituales de degollamiento de carneros en los patios de las casas en la llamada Fiesta del Sacrificio, la virginidad hasta el matrimonio o la muerte, la conversión obligatoria de cristianos. El aburguesamiento de la obra de Pamuk rescata uno de los viejos temas tradicionales: el sentido de “lo mágico” de la vida burguesa, digna de mansiones y palacios, espacio de las leyendas. Pamuk tuvo a la tradición ancestral ante sí y no pudo resistirla. La labor que realiza reconstruyendo diversas épocas de Estambul nos plantea cierta habitabilidad que debe tener la narrativa; es decir, construir espacios en los que podríamos habitar. Porque, si una narración no pudiera ocurrir, ¿qué importancia y necesidad tendría para nosotros? La obra de Pamuk también identifica valores comunes de cualquier persona con la moral de esclavos y empresarios con ideología occidental, pero el logro de sus personajes reside en que representan motivos y propuestas a veces acríticas, justamente en esas veces más susceptibles de despertar posicionamientos en el lector. Otro autor que plantea la tentación ante la opulencia de la tradición de la literatura musulmana y sus encantos de la riqueza es Naguib Mahfuz. En cambio, Mahfuz contiene mucha más reticencias ante la tradición. En sus novelas retrata, en contraste con Pamuk, las formas de vida que habitan callejones, desiertos, tiendas venidas a menos, tabernas, plazas, fuentes públicas: lugares y personajes bendecidos por el olvido, y tal vez por ello más reales.
El castillo blanco es una novela publicada en 1985, teniendo Pamuk 33 años. Fue alabada internacionalmente y desde entonces la obra de su autor despegó. Medioevo; retrata la caída en la esclavitud de un burgués italiano atacado en su embarcación por los musulmanes, y el desarrollo de su ingenio y sabiduría para mejorar sus propias condiciones de vida con sus conocimientos de medicina, ciencia y literatura, primero en las cárceles de reos, y luego bajo la propiedad de uno de los consejeros del sultán, un personaje llamado “El Maestro”. La obra de Pamuk tiene cierto empeño actual por desidealizar a los “grandes hombres”: el Maestro conserva toda la culpa del mal que ha cometido, inventa leyendas sin sentido sólo para permanecer en el favor del sultán, cuando se deprime se entrega a los burdeles y roba las ideas a su esclavo sin retribuírselo, lo golpea; después de reconocerle su bagaje cultural y su inteligencia, le pide su ayuda y acepta parcialmente su libertad aunque dejando en claro que es su esclavo, lo ayuda a crecer en cuanto a su persona aunque siempre bajo la condición de obedecer. Los personajes y su espacio son todo en Pamuk. Sus novelas comienzan siempre en primera persona y cuenta las cosas desde cierta perspectiva; por eso mismo no hay paisajes inconexos con la acción como en novelas naturalistas o realistas que tiren los dados y cambien de escenario. Por ello también es limitado nuestro conocimiento de los demás, en los que se preserva un aura de misterio, un horizonte de posibilidades que les dota de una particular realidad a los personajes (y libertad al lector, una condición indispensable que, para Sartre, debe tener la Literatura). Por esto el aburguesamiento de Pamuk no envenena a sus personajes, porque aunque siguen motivaciones claras y sencillas, sin identidades demasiado complejas, de pronto revelan acontecimientos sobre sí mismos que enriquecen la descripción de los personajes y eterniza su voz. Es casi como si pudiéramos hablar con ellos.
El arquetipo del Maestro desnuda sus defectos en El castillo blanco, despreciando a su aprendiz, considerándolo esclavo a pesar de que es una ficción emanada del propio miedo del maestro a ser abandonado. El castillo blanco consigue, muy al estilo de las novelas de Pamuk, encontrar ciertas figuras que constituyen figuras estéticas muy pesimistas en torno al personaje del Maestro: al conseguir una relativa victoria, un estatus social, olvida a su aprendiz; desprecia al resto de las personas que conoce por considerarlos inferiores intelectualmente; es violento con la excusa de enseñar, y, como enseñanza final, no sabe si ha conseguido hacer libre a alguien más. En este punto nos es conveniente retornar al personaje del aprendiz, que es el protagonista de la novela y desde cuya perspectiva leemos todos los hechos. El aprendiz se encontraba bajo el poder del Maestro como una propiedad, y la novela también es un proceso de liberación del aprendiz (no de hacerse persona, puesto que no deja de serlo). Desde este ángulo, el Maestro cumple varias funciones en el transcurso de los acontecimientos: como un salvador interesado, al adquirir en posesión al esclavo que posee ciertos conocimientos científicos y literarios; como un explotador, pues traslada sus trabajos duros al aprendiz; como un maestro en el sentido de alguien que puede generar conocimiento con su aprendiz. El castillo blanco es una novela con personajes sólidamente construidos porque desarrolla todos estos sentidos en el transcurso de los acontecimientos, que en sí mismos son bastante caóticos e inexplicables.
Hay cierta relación de los acontecimientos bajo el influjo del azar en las novelas de Pamuk. Una particularidad de sus tramas reside acaso en que no son predecibles. El castillo blanco comienza cuando un noble italiano cae prisionero por un ataque pirata a su nave (del cual es sobreviviente, hay que hacer notar, ya que en Pamuk las muertes son un tema constante aunque sin caer en lo angustiante), y de ahí todo se rige por la suerte y las capacidades utilizadas en el momento adecuado: los conocimientos médicos, el ingenio mecánico, el soporte emocional al Maestro, salvan constantemente al aprendiz de la muerte o un destino más caprichoso definido por una serie de autoridades que llegan al sultán. Considero que por eso la novela mantiene un juego de tensiones sano, y constantemente se redefine en nuevas circunstancias, exigencias y expectativas tanto del Maestro como del aprendiz. El curso natural en dichas circunstancias azarosas está determinado por los mismos personajes: que el Maestro, en algún momento, perecerá. El aprendiz, en cambio, es tan parecido físicamente al Maestro que llegan a ser confundidos, o bien en determinados momentos se miran reflejándose. Esa similitud construye mejor la historia porque la figura del aprendiz es una revisión sobre los actos del Maestro como si ellos ya hubieran pasado pero la intervención del aprendiz siempre estuviese limitada, impotente y acaso condenada a repetir la vida del Maestro. El Maestro tiene una necesidad de explicar, de mantenerse en una posición lo suficientemente equilibrada para explicar, y de garantizar que su propia necesidad de explicar sea perpetuada, porque de lo contrario todo el conocimiento que haya conseguido generar será en vano. Pero por esa motivación del conocimiento es que, en el fondo, el mismo conocimiento pareciera vano. En el fondo, la figura del Maestro tiene una moral libre pero regida por principios de algo que podríamos llamar la naturaleza de su arquetipo: enseñar y legar su lugar. Solamente que su legado, por ser algo tan importante y a la vez inexistente, es construido nuevamente por el azar: los dibujos que inventa para intentar ofrecer una mejor explicación, los inventos que intenta por complacer al sultán en un nuevo capricho. Tal vez esa visión sobre el conocimiento sea algo genuinamente inédito y actual, que Pamuk traza consciente o inconscientemente, sin quedar claro si es un problema o es una liberación la poca importancia verdadera que vemos en conocer.
En El castillo blanco, aunque el legado del Maestro es construido azarosamente, no deja de procurarlo. El Maestro intenta construir conocimiento verdadero bajo los criterios de su ciencia, pelea su posición ante el sultán contra sus opositores, e instruye a su aprendiz aunque constantemente varíe entre considerarlo un sirviente o un compañero. Asimismo, cae en la oscuridad. Cuando al final de la novela la guerra se vuelve inevitable, el Maestro asume una posición aún más cercana al sultán para asesorarlo en su persona y en sus tácticas. En ese escenario, la oportunidad del conocimiento acecha al Maestro y llega a orillarlo a interrogar, incluso bajo torturas, a los pobladores de las aldeas conquistadas sobre el mayor mal que hayan cometido. Es decir, el Maestro llega a sus propias crisis sobre lo que considera conocimiento y a tener que pagar el costo moral, porque será aquella la última faceta del personaje antes de su brillante y trágico final. El aprendiz, en cambio, revisa la oscuridad del maestro al que tanto se asemejaba en el transcurso de los acontecimientos, y es movido a tomar una decisión, influido por su semejanza a concretar un ciclo. Tanto por la supervivencia de un recién esclavo como por la travesía del Maestro, El castillo blanco es una lectura un poco prolongada pero muy fluida (de sólo 182 páginas) que nos aporta la realización de conceptos sobre la libertad de ambos personajes, escrita por el Nobel de Literatura de 2006.

