pervertir la fe: historia del monje Ambrosio

Santiago Zavala | Reseña: El monje de Matthew G Lewis

escrita por Matthew G. Lewis en 1794, El monje cuenta la historia de Ambrosio, un sacerdote virtuoso  que termina dominado por la perversión. A sus treinta años, Ambrosio salió por primera vez de su abadía en Madrid. Dio una sola misa, pero habló con tanta pasión de la vida de Cristo, de lo bello que es vivir bajo sus enseñanzas, que bastó esa sola misa para llamar la atención de más de una mujer.

Un buen día llegó a la abadía un joven misterioso. El joven era Rosario y terminó por hacerse gran amigo de Ambrosio. Una noche, mientras conversaban en los jardines, Rosario le confesó a Ambrosio que su verdadero nombre era Matilde y que quedó enamorada de él desde la ocasión en que lo escuchó. Ambrosio reacciona con desprecio y la expulsa, pero Matilde lo amenaza con quitarse la vida, se desgarra el vestido y se lleva la punta de un cuchillo al corazón. Es entonces, al ver los pechos de Matilde a la luz de la luna, cuando la pasión de Ambrosio se libera y comienza a atormentarlo.

La novela forma parte del género gótico, iniciado en la segunda mitad del siglo XVIII por Horace Walpole con su novela El castillo de Otranto. El adjetivo “gótico” se refiere, simplemente, a que las historias ocurren en castillos y conventos medievales. Pero quizá lo más destacado sea que El monje es una de las obras precursoras del terror psicológico, ese que perfeccionará Henry James en la segunda mitad del siglo XIX.

Si bien Lewis nos ofrece escenas de terror visual —por ejemplo, cuando Ambrosio y Matilde hacen un conjuro y, envuelto entre humos sulfurosos y haciendo crujir la tierra, emerge un emisario del Diablo, o cuando a Don Raymundo se le aparece el fantasma de una monja ensangrentada—, se tratan de imágenes que ya no nos dicen nada, quizá porque nuestra cultura las ha exorcizado.

Por el contrario, los momentos más aterradores son las descripciones de la mente del padre Ambrosio, cuando nos contagia su angustia y sabemos que, por más que nos esforcemos, la razón nunca será rival de nuestras pasiones. Entrar en la cabeza de Ambrosio es entrar en una sala de tortura, donde basta un apretón de tuercas para pasar del miedo a la lujuria, de la lujuria a la culpa, de la culpa a la ira y de la ira a la locura.

Quizá no haya en la literatura dos escenas más grotescas como las que describe Lewis casi al final de la obra. Una es la violación que, entre restos áridos, comete el padre Ambrosio contra la joven Antonia; la otra es la tortura que la superiora del convento ordena contra Inés por el crimen de jurar los hábitos estando embarazada. Se ha dicho que La tortura por la esperanza, escrito por Adam Villiers De L’isle en 1888, es el cuento más cruel jamás escrito; el texto guarda cierto parangón con la narración de la tortura de Inés en El monje; sin embargo, al confrontarlos, cualquiera se dará cuenta que el episodio de Villiers es muy inferior al de Lewis.

En una carta dirigida a su madre, Lewis le asegura que escribió El monje en diez semanas. Puede que la premura lo hiciera cometer errores. Como el grueso de las novelas de su tiempo, Lewis sigue al pie de la letra la receta del Quijote y combina tantos géneros como puede: hay comedia de enredos, amor cortés, poesía e historias dentro de historias. 

Es, precisamente, una trama secundaria la que entorpece la lectura. Lewis nos cuenta las travesías de Raymundo Cisneros, marqués de Cisterna; el detalle es que Raymundo consume casi la mitad del libro e importa muy poco en la historia de Ambrosio. Sin embargo, esta es quizá una objeción de lector moderno.