Carlos Erasmo Rodríguez Ramos | Reseña: Una bárbaro en París, compilación de ensayos de Vargas Llosa
@CarlosErasmoRR
En mi cumpleaños pasado, me obsequiaron Un bárbaro en París, el libro que Alfaguara editó para celebrar que Vargas Llosa se convirtió en el primer autor de habla hispana en ingresar a la Academia Francesa. El libro es una compilación de ensayos del Nobel peruano en torno a la cultura y a la literatura francesas.
Leí a Vargas Llosa relativamente tarde, en los primeros semestres de la Universidad. Llegué a él por recomendación de un gran amigo quien, como yo, sólo deseaba y desea de la vida poder convertirse en escritor. Cuando uno sueña con escribir y cobra suficiente consciencia de ese sueño, su primer impulso es hacerse de una escuela. En aquellos años, para mi amigo y para mí, Vargas Llosa era simplemente el gran maestro. Para nosotros su escritura era una especie de síntesis de lo mejor de las letras del siglo XIX y XX, un torbellino que reunía a Faulkner, a Flaubert y a muchos otros en una sola voz, una voz auténtica y además, de habla hispana. Sus Cartas a un joven novelista eran, más que un manual de aspirante a escritor, un refugio al cual volver cuando faltara el valor para enfrentarse a la página en blanco. Con entusiasmo, comentábamos con soberbia ingenua, propia de aquellos años, lo que creíamos eran sus méritos y tratábamos, en escritos torpes, de emularlos.
La influencia de Vargas Llosa fue más allá y llegó a lo político. Quizás por cuestión de temperamento o por (o a pesar de) estudiar en la Facultad de Derecho, mi amigo y yo desarrollamos una sana aversión a todo aquello que consideráramos arbitrariedades de las autoridades. Esta aversión iba muy bien con los escritos políticos, de corte liberal, de Vargas Llosa y con la tradición de la que venían. Así, leíamos y comentábamos textos como La sociedad abierta y sus enemigos de Popper, Camino de servidumbre de Hayek y La llamada de la tribu del propio Vargas Llosa. Para mí, que en la adolescencia me asumí comunista hasta desengañarme poco a poco, estos textos ofrecían, no las respuestas a los grandes problemas del mundo, pero por lo menos otras alternativas con las que en ese entonces no estaba familiarizado y me entusiasmaban hasta cierto punto.
Pasó el tiempo y cada uno de nosotros desarrolló nuevas inquietudes personales y estéticas. Por mi parte, estas inquietudes me alejaron de Vargas Llosa y dejé de leerlo, sin olvidar nunca el gran escritor que es. Esto fue hasta que Un bárbaro en París cayó en mis manos. Desde el título, el libro no me atraía. En mis tiempos de liberal escéptico quizás hubiera dejado pasar el título como una ocurrencia de algún editor perezoso que retoma alguna frase del texto y la pone en la portada sin importar sus implicaciones; pero ahora me parecía simplemente chocante, una afirmación más de la supuesta superioridad cultural y hasta moral de Europa.
Con retiscencia comencé a leer y la lectura me produjo sentimientos encontrados. Por un lado, puedo decir que la disfruté. La mayoría de los ensayos son, por momentos, brillantes y entretenidos, con una lucidez que se extraña en las declaraciones públicas recientes de Vargas Llosa. Los ensayos de Bataille, Sartre y Camus son sencillamente geniales. En unas cuantas páginas, el autor desmenuza a estas figuras y a su obra. Bataille, el libertino que busca la libertad ilimitada y, al mismo tiempo, exige límites para dotarla de sentido. Sartre, el comprometido eterno que, al saberse equivocado, no duda en cambiar de postura y comprometerse de nuevo (para equivocarse de nuevo). Camus, escindido entre su amada periferia y el anhelado centro. En estos ensayos sus claroscuros y sus contradicciones aparecen a simple vista, casi resueltas en la pluma de Vargas Llosa.
Por otro lado, el libro me pareció chocante. En prácticamente todos los ensayos, siempre salta un tema que, en mi limitada opinión, es central en la vida y obra de Vargas Llosa: la libertad. La idea es tan recurrente y repetitiva que puede resumirse más o menos en los siguientes términos. La libertad y la democracia son una especie de valores supremos que están intimamente relacionados con el arte y la literatura. Sólo en un régimen democrático donde los individuos puedan desarrollar libremente su personalidad e inquietudes puede germinar y florecer la buena literatura. En los regímenes autoritarios, la literatura no es más que una pantomima de sí misma o, si está en las garras del poder, simple propaganda. De ahí que sólo países con una amplia tradición democrática puedan tener grandes obras literarias como Francia, baluarte de la libertad. Así, los demás países deberían aspirar a emularla y los creadores de la periferia deberían peregrinar a París para ser hungidos con la libertad del creador.
Más allá de la relación, contingente o necesaria, real o imaginaria, entre la libertad y la buena literatura, lo cierto es que ese argumento tan repetitivo viene de un liberalismo anquilosado en el siglo pasado. Por supuesto, no se puede culpar a Vargas Llosa de ello. Su pasado familiar, sus vivencias en la dictadura de Odría y la cerrazón pro soviética y pro estalinista de los partidos comunistas de América Latina (durante su militancia comunista uno de sus “camaradas” lo llamó «subhumano» por criticar Así se templó el acero) no dejaban mucha alternativa a alguien comprometido con la democracia, lo que sea que eso signifique.
En el siglo del totalitarismo, el fascismo y el comunismo de Estado el liberalismo de Vargas Llosa hacía sentido, pero ahora, ha envejecido y ha envejecido mal. Actualmente, en muchos países está más o menos establecida la idea y la práctica de la democracia, de los pesos y contrapesos y todas sus demás florituras. Sin embargo, eso no quiere decir que seamos libres. No vivimos la tiranía del gobierno, no, pero sí vivimos en la tiranía de las corporaciones. La idea de que la empresa debe estar igual o más limitada que el Estado está muy lejos de ser aceptada y una de las razones principales es el dominio discursivo de ese liberalismo ya caduco. Para Vargas Llosa, hombre de su tiempo y circunstancia, es imposible ver esto y esa ceguera se reproduce a lo largo de Un bárbaro en París.
Por esto, al leer estos pasajes, no pude dejar de sentir que, aunque sin dolo, el texto de alguna mentía por omisión. Se nos dice que en democracia y con libertad somos libres de crear, sí, pero nada se dice del control de los medios de divulgación de dichas creaciones. Se nos dice que Francia es el baluarte de la democracia y la libertad, pero se escamotea que los límites de estos valores están marcados por intereses imperialistas. La revolución francesa, tan celebrada, no dudo en aplastar y esclavizar nuevamente a los rebeldes de Toussaint Louverture en Haití.
Aún en medio de esta reacción adversa a las opiniones de Vargas Llosa, uno de sus ensayos me hizo empatizar con él. El ensayo en cuestión es El mandarín, donde se analiza a Sartre con motivo de su fallecimiento. En él, Vargas Llosa cuenta su profunda admiración por el autor de La Nausea para, al final, narrarnos el momento en el que se desencantó de él. Fue debido a una declaración de Sartre en un reportaje que le hacía Le Monde. En él decía que frente a un niño que se muere de hambre La nausea no sirve de nada y que los aspirantes a escritores debían renunciar a escribir por el momento para dedicarse a la enseñanza y a otras tareas más urgentes con el fin de crear un país en el que más tarde fuera posible la literatura. Estas declaraciones impactaron a Vargas Llosa pues equivalían decir que la literatura, tomada tan en serio por el mismo Sartre, no servía para nada. Vargas Llosa reacciona diciendo: “Me acuerdo muy bien de la consternación que significó darme cuenta de que el hombre más inteligente del mundo podía también- aunque fuera en un momento de desánimo- decir tonterías. […] ¿A partir de qué coeficiente de proteínas per cápita en un país era ya ético escribir novelas? ¿Qué indices debían alcanzar la renta, la escolaridad, la mortalidad, la salubridad, para que no fuera inmoral pintar un cuadro, componer una cantata o tallar una escultura?”.
Esta sensación de desencanto de Vargas Llosa respecto a Sartre es la misma que yo sentí respecto al propio Vargas Llosa. El liberal incansable enemigo de la tiranía, el autor de una plétora de grandes novelas, la más grande en habla hispana del siglo pasado, con novelas como La fiesta del chivo o Pantaleón y las visitadoras que por sí solas podrían hacer la carrera de una escritor mediano, podía también, en un momento de desánimo, decir tonterías como pedir a los peruanos el voto por Keiko Fujimori. Pese a ello, no puedo evitar que mi conclusión al respecto sea también la misma que la de Vargas Llosa respecto a Sartre: sin duda, mi vida hubiera sido peor sin sus libros.
En lo personal, este reencuentro con Vargas Llosa me ha dejado con la triste, pero reconfortante sensación de que, pese a todo, pese a lo que diga o haga el propio Vargas Llosa en su vejez, sus escritos siempre serán un lugar al cual volver o algo nuevo por descubrir, una guía para quien aspire a convertirse en escritor. Creo sinceramente que cualquiera tiene el derecho a disentir de las opiniones políticas de Vargas Llosa, como yo lo hago, pero no creo que nadie pueda negarle el mérito de haber sido el mejor novelista en habla hispana del siglo pasado.

