Algodón de azúcar, la memoria como fisura

Fotografía de Héctor Ortega Fotografía de Héctor Ortega
María Villa | Reseña
@Ay_Maria8

Nube, vapor, neblina, humo, vaho, smog, escarcha, helio, polvo, bruma, aerosol: todos gases, partículas en suspensión de aire. El algodón no es un gas, pero se une a esa familia por su capacidad para colarse entre los espacios. Al algodón de azúcar también se le conoce como nube de algodón, el algodón no es gas, pero se le parece, el algodón no es aire, pero lo necesita. En la obra de teatro Algodón de Azúcar de Gabriela Ochoa se presentan una serie de atmósferas nubosas que se materializan en el algodón de azúcar. Pensemos que este dulce es la posibilidad de comer una nube, una ficción que hace posible comer aire. La puesta en escena es la conjunción de elementos que sofocan y liberan: nubes que se presentan como portadoras de lo que no se ve o no se dice. Ochoa propone la ficción para hacer decir al silencio, para tirar las máscaras, pero la máscara también para poder decir. La paradoja de ser otro para mostrarse.

La premisa inicial de la obra es un hombre perdido en camino a casa de sus padres con un pastel de aniversario entre sus manos. Alrededor de él, la tormenta y la bruma. Magenta, el protagonista, necesitará viajar a su infancia para revelarse un «trauma olvidado», la infancia como un escenario de terror. El trabajo de Ángel Ancona en la iluminación es fundamental para seguir las atmósferas de nubes que construyen la obra. Al protagonista lo miramos de frente, detrás de él, la estructura de un parque de diversiones abandonado (Diseño de escenografía: Félix Arroyo), un recuerdo oscuro de su infancia que se ilumina cuando los payasos entran a escena. La estructura tampoco termina por estar del todo luminosa, es un espacio roto, una ruina con tres payasos que orquestan el recorrido de Magenta por este lugar que simbólica y literalmente presentan su infancia.

Romina Coccio, Carolina Garibay y Miguel Romero, quienes interpretan a los payasos, terminan de construir el espacio escénico, personajes, pero también objetos que, en este caso, a través de su aparente oscuridad, iluminan a Magenta, interpretado por Miguel Romero, en un recorrido por sus recuerdos.

Fotografía de Gabriel Morales INBAL/CITRU
Fotografía de Gabriel Morales INBAL/CITRU

En Algodón de Azúcar el espectador deberá estar atento a los silencios, a los guiños, al aire, a las sombras. Habrá que estar con los ojos más abiertos que los oídos, porque, aunque las palabras importan, lo que importa, como Samantha Schweblin formula en Distancia de Rescante, está en otro lado: «Ahora lo importante está muy cerca. ¿Qué más pasa? Alrededor, ¿qué pasa?». Estamos ante una obra que deja expuesto el secreto, pero lo oculta. En la obra de Ochoa miramos un silencio que se presenta a través de lo que hace ruido, de la música, de los payasos, de las máscaras, de las canciones, de los juegos. Aquí, lo que no se dice, está dicho sin palabras. Habrá que prestar atención a lo importante, dejar que la obra hable no con los diálogos sino con las imágenes que construye, con lo que se deforma: la voz con el helio, la máscara de los payasos sobre el maquillaje, la malla de red en el rostro, el acordeón y el aire. Lo que se respira, contamina. Magenta es el único personaje que se presenta sin máscara en escena. Es al único al que vemos el rostro por completo, lo que lo cubre es una sombra que, a su vez, lo envuelve o asfixia. Pero, este personaje sin máscara, sin disfraz, el único personaje frontal, es el que más oculta. Lo cubren otras cosas: la neblina, la bruma, el humo. Cuando Magenta ya está en escena con los payasos, ahí sí que tiene luz, ésta se presenta a través de la ficción, de la memoria. Al protagonista de Algodón de Azúcar le urgirá una máscara, varias ficciones y reescrituras de su propia historia para mirar lo importante.

El trabajo de Felipe Lara con las máscaras transforma una y otra vez a estos payasos en pesadillas de la infancia de Magenta, no son máscaras comunes, no cubren por completo, son sutilezas, fragmentos que, por pequeños, cambian por completo al personaje. El maquillaje, a cargo de Maricela Estrada, no deja detalles libres, se transforma durante la puesta en escena y con los personajes. Los rostros de los payasos también se tocan, y se intervienen, viven la escena.

Por supuesto que Algodón de Azúcar es una pesadilla, son 80 minutos de franca angustia, y por eso, por angustioso, es también una delicia visual y coreográfica.  Nada está fuera de lugar. El acordeón en escena, los visuales, el maquillaje y la estructura del parque como cárcel son elementos que saturan el escenario, al personaje y al espectador. Desde la butaca, la tensión crece con la saturación y se libera cuando Magenta dice sí a formar parte de ese exceso.

La memoria se presenta, en congruencia con la atmósfera de gases, como algo que se escapa, se dispersa, cambia y se confunde. La memoria no como retrato, sino como ficción. ¿Cómo recordamos?, ¿quiénes son esos otros Magentas, espejos del hombre que vemos? Es a través de la ficción y su vínculo con los otros personajes que él, en otras edades, consigue encontrar una fisura en su memoria. Es ahí, en lo roto, donde puede entrar la luz: fisura luminosa. La memoria no como algo rocoso y firme, sino en tanto confuso y fibroso, capaz de dejar pasar algo más. La memoria de Magenta, como el algodón de azúcar, necesitará aire para formarse: una fisura que la ilumine.

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