los días del abandono

Adolfo Ulises León | Reseña
(@au1018)

elena Ferrante es el seudónimo de una escritora italiana que, salvo sus editores, nadie sabe a quién esconde detrás. Su primer novela, El amor molesto, publicada en 1991, llamó la atención de la crítica y, en Italia, la hizo merecedora de los premios Oplonti y Elsa Moranti.

Sin embargo, no fue sino hasta once años después, con la aparición de su segunda novela, Los días del abandono, que Ferrante ganó lectores en diferentes partes del mundo y todos comenzaron a preguntarse ¿quién podía ser aquélla autora de la que, en las solapas de sus libros, sólo se dice que nació en Nápoles y radica en Turín?

De entonces a la fecha, Ferrante ha publicado otras seis novelas: La hija oscura (2006), la saga Dos amigas (2011-2014) —compuesta por La amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo, La niña perdida—, y la más reciente, en 2019, La vida mentirosa de los adultos. En ellas, explora, con un lenguaje y una estructuras sencillas, el universo y sentir femeninos por encima de todo convencionalismo literario.

En Los días del abandono Elena Ferrante desarrolla, especialmente, los temas de la soledad y la desesperación. La historia se ubica en Nápoles y comienza el día en que Mario, después de quince años de matrimonio, abandona la casa en la que vive con Olga y sus dos hijos para iniciar una vida con una mujer más joven. 

La primera reacción de Olga es de culpa —¿qué hizo mal? ¿Qué puedo haber molestado a su esposo? ¿Por qué no pudo retenerlo?—. En medio de sus recriminaciones, Olga recuerda que, cuando era niña, escuchaba a su madre hablar de una mujer a la que apodaban “la pobrecita”, una vecina a la que su esposo la dejó y todas las noches se la pasaba llorando hasta que, lentamente, se dejó morir: “Mi madre hablaba de ella con sus trabajadoras, cosían y hablaban […] y me repetía a mí misma lo que escuchaba, palabras que estaban entre la tristeza y la amenaza: cuando no sabes retener a un hombre lo pierdes todo. La mujer lo perdió todo, hasta el nombre”.

“La pobrecita” representará para Olga el modelo de las mujeres que se rompen con el abandono, ese fantasma que reúne las angustias femeninas de una época a la que Olga pensaba que no pertenecía y que, sin embargo, comenzará a apoderarse de ella. El sentimiento de culpa da paso a los celos y al deseo de saber quién es la otra mujer con la que está Mario. Todas las noches Olga sale a peinar las calles de la ciudad para poder encontrarse con Mario y no regresa hasta la madrugada. Su obsesión llega al punto en que se le olvida recoger a sus hijos de la escuela y hacer la comida. Al fin un día encuentra a Mario con su nueva pareja en una joyería. A él le clava las uñas y a ella la desgreña.

Luego del encontronazo, Olga reflexiona y se dice a sí misma que no puede seguir así. A su memoria vienen sus lecturas de la adolescencia, pero, a diferencia de La mujer rota de Beauvoir, ella no puede darse el lujo de fracasar: “Soy el ocho de espadas, soy la avispa que pica, soy la serpiente oscura, soy el animal invulnerable que atraviesa el fuego y no se quema. Yo no era una mujer que se hacía pedazos con los golpes del abandono y de la ausencia, hasta enloquecer, hasta morir”.

No obstante, apenas se propone tomar el control de sí misma, ocurre completamente lo contrario. Olga tiene un encuentro sexual con uno de sus vecinos y, en vez de reconfortarla, la devuelve a su estado de angustia. Las responsabilidades de la casa se le vienen encima y el remordimiento de no haber sabido mantener una relación se vuelve aún mayor. Comienza así un progresivo cuestionamiento sobre su propia cordura, duda de sí misma, se le olvida si sacó a defecar al perro, si apagó el gas o lo dejó prendido, si pagó el teléfono o sólo lo imaginó.

El punto de quiebre llega un día en que su hijo menor tiene fiebre y vómitos. Olga minimiza el malestar y, cuando los dolores se vuelven insufribles, el niño pide que llamen a su papá porque él, seguramente, sí lo llevará al médico. A la petición, Olga reacciona con rencor y el odio que siente por Mario lo traslada a sus hijos y siente el deseo de deshacerse de ellos. La situación se complica porque, cuando Olga decide ir por un médico, la puerta tiene cerrojo y no encuentra las llaves por ninguna parte, además la línea del teléfono está cortada.

En su desesperación, Olga cree ver a “la pobrecilla” sentada en su cocina. Entonces la reacción de Olga es del todo simbólica. Toma un abrecartas y le ordena a su hija que, si ella percibe que su madre se distrae, si no contesta, si no la escucha, debe pincharla. Olga no quiere perderse y le encomienda a la pequeña la tarea de devolverla a la vigilia, es como si le dijera “recuérdame la importancia de vivir”. 

La estrategia funciona porque, al día siguiente, con la ayuda de su hija, Olga comienza a recuperar el control de su vida. Poco a poco se va cerrando esa fisura por la que se colaron en ella fantasías, creencias y miedos enterrados. Establece una comunicación cordial con Mario y comprende que él no es un canalla, simplemente era un hombre que dejó de amar a la mujer con la que vivía y no pudo romper ese vínculo sin hacerle daño.

Casi al final de la novela, Olga relee algunas páginas Ana Karenina y obtiene la certeza de que algo en ella cambió: “Ya no era como era como las señoras de aquellas páginas, no me parecían una vorágine que me aspiraba. Me di cuenta de que incluso había sepultado en alguna parte a la mujer abandonada de mi infancia napolitana. Mi corazón ya no latía en su pecho, nuestras venas se habían dividido. La pobrecilla había vuelto a ser una vieja foto, un pasado fosilizado, sin sangre”. 

en su ensayo Why I write?, Orwell sostiene que son cuatro los motivos que animan a un escritor: el egoísmo puro, el entusiasmo estético, el impulso histórico y los propósitos políticos. Aunque en diferentes proporciones, la motivación más fuerte siempre es el egoísmo. Esa ilusión de ser recordado, de parecer inteligente y cosechar admiración. De ser cierto esto, Elena Ferrante configuraría la gran excepción a la regla.

En una carta fechada el 21 de septiembre de 1991, Elena Ferrante le explica a su editora, Sandra Ozzola, las razones por las que ha decidido permanecer en el anonimato. Le dice que los libros, una vez escritos, ya no necesitan en absoluto de sus autores. Recuerda esos libros clásicos de los que se sabe muy poco o nada de sus autores y, sin embargo, mantienen una vida propia y su impronta no cambia con el paso de las generaciones. Escribir desde el anonimato, dice Ferrante, es “una especie de prodigio nocturno, como cuando de niña  esperaba los regalos de la Befana (esa figura del folclor italiano similar a los Reyes Magos o Santa Claus). Por la mañana me despertaba y ahí estaban los regalos, pero a la Befana nadie la había visto. Los auténticos milagros son aquellos que nunca se sabrá quién los hizo”.

Sin embargo, contra la voluntad de Ferrante de permanecer en el anonimato, no han faltado académicos y periodistas que se esfuerzan por develar su identidad. Han llegado, incluso, a utilizar cálculos matemáticos para atribuir el estilo. El último caso, y quizá el más sonado, sea el del reportero italiano Claudio Gatti que, en octubre de 2016, publicó en el New York Review of Books un artículo titulado Elena Ferrante: an answer?; Gatti sigue los recorridos financieros de la editorial de Ferrante hasta llegar a la traductora Anita Raja.

Sea o no Anita Raja quien está detrás de Elena Ferrante, lo cierto es que su actitud frente al anonimato guarda, en alguna medida, una conexión con su personaje de Olga. Ferrante abandona voluntariamente la vida pública y ese abandono, asegura, es condición necesaria para escribir con mayor libertad y franqueza. Olga, más que el abandono de Mario, experimenta el abandono de sí misma y, tras ese periplo, se descubre como una mujer que no se rompe. En ambas, el abandono tiene el efecto de una victoria personal y silenciosa.cropped-estepario-logo-e1.jpg