Carlos Erasmo Rodriguez Ramos | Columna
(@carloserasmorr)
El 1 de julio de 2018, tan pronto se reconoció la victoria de López Obrador, un grupo de amigos y yo nos apresuramos al Zócalo de la Ciudad de México. No es que yo sea un obradorista recalcitrante, nunca lo he sido y en estas circunstancias creo que no lo seré nunca; sin embargo, aquel día fue uno de los escasos momentos de la vida en los que se siente la marcha de la historia y uno puede casi escuchar el giro de sus engranajes.
El ambiente era festivo. La gente marchaba por la calle cantando consignas y ondeando sus banderas del partido. Algunos reían y otros lloraban. En el fondo, creo que todos compartíamos, extrañamente, dos sentimientos. Un extraño alivio pues quizás, y sólo quizás, los malos tiempos ya habían pasado y, en el fondo, una franca incredulidad por el triunfo. En ese momento cualquiera de nosotros hubiera dicho que de verdad vivíamos en una democracia y que el voto de la gente contaba, aún en contra de los intereses de muchas élites del país.
Este ambiente festivo no era para menos. AMLO ganó con una extensa ventaja y con una amplia mayoría en el Congreso. La coalición que encabezó era tan amplia que parecía ridícula, con perredistas de súper izquierda, priístas de rancio abolengo y hasta derechistas evangélicos. Su gabinete, el primero con paridad de género en la historia del país, contaba con personajes de amplia trayectoria y enorme prestigio en diversos ámbitos de la vida pública nacional. Finalmente, Morena, el partido, lucía como una fuerza política poderosa organizada en torno a la figura del presidente, misma que, parecía, poco a poco llegaría a convertirse en un partido institucional en forma que fácilmente aseguraría su propia permanencia en el poder por lo menos durante dos sexenios más.
A partir de ese día y durante la primera mitad del sexenio, todo fue un idilio entre el presidente y el buen pueblo de México. Hoy en día, poco o nada de eso queda. El entusiasmo se ha diluido. Morena retrocedió en el Congreso en las elecciones intermedias. El gabinete, entonces lleno de figuras prominentes, se desplomó poco a poco al grado que el presidente se vio obligado a buscar hasta debajo de las piedras perfiles medianamente presentables (en el mejor de los casos) para llenar las carteras. Tal fue el desplome que este es el sexenio con más cambios en el gabinete. Por último, más que partido, Morena parece ser una organización sin vida propia que simplemente sirve de vehículo para las ambiciones de cualquier político.

Entonces surge la pregunta, ¿qué carajo pasó? ¿Cómo llegamos aquí? La respuesta será discutida ampliamente en las décadas que están por venir. Por ahora se pueden aventurar algunas hipótesis. Para empezar, el aumento en la participación del ejército en diversas laborares pudo haber alejado a diversos perfiles contrarios a la militarización. Puede ser también que el manejo de la pandemia y la oposición a los proyectos emblemáticos del sexenio (Tren Maya, Refinería de Dos Bocas, AIFA y reforma eléctrica) hayan llevado al gobierno a cerrar filas con los de casa, con los de lealtad incuestionable. Quizás también haya jugado un papel importante el carácter del propio AMLO. Lo más probable es que la debacle se deba a una combinación de estas y otras razones. No lo sé.
Ante este panorama, a unos días de la elección, surgen también preguntas sobre el futuro. Siendo que la victoria de Sheinbaum es lo más probable, ¿hasta dónde podrá gobernar? Es previsible que en estas elecciones la oposición avance, ¿podrá generar consenso y llevar a cabo sus proyectos? Es difícil saberlo. Desconozco las capacidades de negociación de ella y sus allegados, si es que dichas capacidades existen. Tampoco es que Sheinbaum pueda echar mano del carisma de AMLO para sortear estas y otras dificultades. En ese sentido, es muy probable que el próximo sexenio sea complicado para todos.
Esto nos lleva a una pregunta para 2030, ¿qué pasará cuando la estela de López Obrador abandone Morena? Actualmente, la marca del partido puede sostener candidaturas que en otras circunstancias difícilmente saldrían a flote, desde la candidata presidencial hasta cientos de cargos locales, ¿El logo del partido de AMLO conservará esta capacidad para 2030? Parece difícil que lo haga. En ese caso, considerando también el estado deplorable de la oposición, ese hipotético escenario futuro es obscuro. Partidos que no son más que sombras de partidos, cuya única función será servir de plataforma para las ambiciones de cualquier arribista con la capacidad para imponerse.
No escribo esto como un arrepentido que súbitamente se dio cuenta de que todo estaba mal ni como un intransigente que desde el principio condenó al gobierno y se regocija con cada uno de sus fracasos. En lo personal, los arrepentidos me parecen hipócritas y los intransigentes son sencillamente unos irresponsables. Escribo desde la desilusión, la incredulidad y la vaga esperanza de que todas estas especulaciones mías sean eso, supuestos exagerados de una mente confundida.
En los meses siguientes, conforme más nos acerquemos al inicio de la nueva administración, seguramente surgirán centenas de textos similares a este, con evaluaciones de este sexenio y predicciones sobre el siguiente. En este ambiente enrarecido, será difícil encontrar un texto que no sea un canto triunfalista o el alarido de los perdedores, lamiéndose las heridas.
Al final de tanta especulación, la única certeza que tengo es que algo, que todavía no alcanzo a ubicar, se perdió en este sexenio. Tan así que este 2 de junio, cuando acuda a cumplir mi deber cívico de votar, en la intimidad de la casilla me encontraré con una vieja amiga a la que no esperaba ver en mucho tiempo: la triste sensación de estar votando no por la mejor candidata, sino por la menos peor.
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