La muerte de un sabueso

Adolfo Ulises León | Notas sueltas
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Durante sus clases de Literatura Medieval, el Dr. Aurelio González Pérez ponía mucha atención en las ediciones que leíamos. Con ese tono sardónico que lo caracterizó, solía decir que no es lo mismo leer Cátedra a leer Porrúa. Las ediciones importan. En los textos antiguos, las ediciones críticas no sólo te ayudan a disfrutar del texto, sino que también te cuentan una segunda historia: la de su transmisión textual. Es decir, cómo ese texto que se escribió hace quinientos o mil años logró sortear las épocas y llegar a tus manos, presentado de tal forma que puedas entenderlo. Muchas de estas segundas historias son fabulosas, como la del Manuscrito hallazgo en Zaragoza.

Quienes se encargan de contar esa segunda historia son los filólogos. A diferencia de los escritores, ellos siempre están tras bambalinas. Les sucede casi lo mismo que a los traductores que,  si son buenos, siempre pasarán desapercibidos. Estos genios anónimos, además, deben tener, como los periodistas, los historiadores y los detectives, un olfato de sabueso. Uno de los filólogos más importantes de la lengua española en las últimas décadas fue Francisco Rico, quien falleció el pasado 27 de abril. Cuando llegó el momento de leer el Quijote, el Dr. Aurelio fue claro: deben leer la edición canónica, la que, con motivo del cuarto centenario de su publicación, editó Francisco Rico para la Real Academia Española en 2004.

Francisco Rico tuvo muchos trabajos destacados, como aquellos que realizó sobre Petrarca, el Lazarillo de Tormes, o la picaresca en general, pero fue el Quijote el más exhaustivo. ¿Qué hizo que su trabajo sea considerado como la versión canónica del Quijote?

Las ediciones importan. En los textos antiguos, las ediciones críticas no sólo te ayudan a disfrutar del texto, sino que también te cuentan una segunda historia: la de su transmisión textual.

Franciso Rico se dio cuenta de que, hasta entonces, el trabajo de los cervantistas había consistido, salvo algunas excepciones, en copiar ciegamente la edición “príncipe”. Es decir, en reimprimir la edición del Quijote que, en 1605, salió de los talleres del impresor Juan de la Cuesta. Los errores, interpolaciones y palabras inexistentes de los que está plagada la edición príncipe, se transmitieron a lo largo de casi cuatrocientos años como si se tratara de cosas deliberadas, un agregado de más de cómicos disparates. Sin embargo, Rico no dio las cosas por sentadas, para ofrecer una edición conmemorativa que fuera lo más cercana al último manuscrito que aprobó Cervantes, se propuso meterse hasta la cocina. AL1214C_QUIJOTE_conmemorativa Pantone_CUB.indd

Para ello, tuvo que reconstruir el proceso editorial en el siglo XVII, ¿cómo eran los talleres de impresión? ¿Cómo se entregaban, revisaban y aprobaban los borradores? ¿Cómo era la letra de Cervantes? ¿Qué medidas de papel y tipo tipografía se utilizaban según la región?

De estas indagaciones, no sólo corrigió palabras (como “entendimiento” por “entretenimiento”) y  frases (como “suelen hacer el amor con ímpetu” por “suele nacer el amor con ímpetu”),  sino que resolvió contradicciones como la desaparición y aparición del burro de Sancho y, quizá más importante, logró adentrarse en el escritorio de Cervantes y revelarnos se forma de trabajo.

A Franciso Rico le debemos el gran hallazgo de que el Quijote comenzó como una novela ejemplar que, de pronto, se le salió de las manos de Cervantes y se volvió un monstruo hambriento. Un cuento que comenzó a crecer y a crecer y a su paso se alimentó de otras historias que, en principio, estaban ideadas para ir por cuerdas separadas, como el “El curioso impertinente” y  el “Capitán cautivo”. Parece poco, pero gracias a él tenemos una pieza más, la de cómo se gestó este felizmente azaroso experimento al que llamamos la primera novela moderna.