El presidente que no tuvimos

Héctor Florentino Sánchez de la Cruz | Reseña

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la tragedia política envolvió la vida del creador de la constitución social, primera en su tipo y la que dio lecciones al mundo sobre cómo garantizar los derechos de los desprotegidos. La vida de Francisco José Múgica Velázquez es pedagogía del estilo desechable de la política mexicana; relegado en el momento más importante de su carrera política, no gozó del afecto de quien fue su alumno y amigo, el general Cárdenas del Río. En la época revolucionaria le brindó apoyo y educación, después le ayudó a defender el petróleo y posteriormente en 1938, organizó la ideología y arquitectura de la expropiación petrolera. 

Este historial, más su dedicación a la lectura de centenares de libros y a trabajar cada día desde las cinco de la mañana, poco le valieron al resolverse en Los Pinos que su trayectoria no era el perfil ideológico que se quería impulsar en la candidatura a la presidencia. Es un hecho que, sin la revolución mexicana la vida de sus protagonistas hubiese tomado un rumbo distinto. Francisco José Múgica Velázquez o mejor conocido como Francisco J. Múgica, fue un general revolucionario a quien no le gustaba que lo relacionaran con lo militar y quien se impuso como nueva fecha de cumpleaños el cinco de febrero; para coincidir con la promulgación de la Constitución mexicana de 1917. Pudo ser maestro rural, así lo relata Anna Ribera Carbó en el libro biográfico e histórico que titula: El presidente que no tuvimos.  

Los amantes de las biografías, que se distinguen por no tener un único interés literario, quedarían fascinados por el recorrido histórico de la vida cotidiana del revolucionario que emplea la historiadora de la UNAM; donde advierte hazañas no reconocidas y falta de reconocimiento por crear instituciones aún vigentes, dejando ver la indivisible amistad de Múgica con Lázaro Cárdenas y la disputa intrincada que el mismo general michoacano sostuvo con el veracruzano Ruiz Cortines, a causa del apoyo que supuestamente brindó a los vecinos del norte. 

Haya sido la intención o no de la autora, tampoco se busca confirmar la tesis del filósofo alemán Schleiermacher que a partir de un texto el lector descubra el pensamiento de quien escribe. Lo cierto es que contribuye al debate sobre la forma de concebir a la democracia, al ubicar con detalle que personas con educación básica como ahora se concibe, fueron las creadoras de todo el contenido de derechos sociales en la Constitución sin tener más guía que la formación autodidacta. 

No sólo deja ver esa visión del michoacano Múgica, también precisa muy bien su paso icónico por Tabasco, su brevísima estancia en Oaxaca, la administración que empleó en Veracruz y en las Islas Marías, también el trabajo desarrollado como Secretario de Marina y Diputado constituyente. Sin dejar de lado en toda la narrativa que, sin buscarlo, tal vez, formó su propia escuela política e intelectual. Dentro de sus pupilos destacaron Cárdenas del Río, Jara Corona y Garrido Canabal. 

Conocer la biografía de un hombre que ayudó a construir el México de hoy, puede dejar una huella amarga o dulce. La vida de un revolucionario es agitada y en ocasiones incierta. Tal vez no imaginó llegar a considerarse un guardián del Golfo y el Pacifico; mucho menos a mantener una distancia con el poder político a raíz de la denuncia que emprendió contra la corrupción y el abuso de poder; paradójicamente, estas fueron las causas combativas que abanderaron su fama como general revolucionario. Al terminar la lectura, se puede coincidir con la reflexión de que, a diferencia de Cárdenas y Juárez, la historia y las obras del que pudo haber sido profesor rural habitan en silencio en palacio nacional. Cada doce de abril es su aniversario luctuoso. 

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