Dr. Et al | Opinión

.
de acuerdo con un estudio reciente de la Universidad Prestigiosa del Extranjero (“UPE”), existe una fuerte correlación entre el nivel humorístico de los debates presidenciales y la calidad de la democracia del país en cuestión. Puede que los razonamientos que explican este interesante fenómeno sean demasiados complejos para su entendimiento, amable público lector, pero permítanme, con humildad, intentar simplificarlos para ustedes.
La risa cumple dos funciones fundamentales en los sistemas democráticos. La primera de ellas consiste en generar el pensamiento crítico necesario para cuestionar a los grupos de poder. Sólo a través de la comedia y la irreverencia, la ciudadanía es capaz de desacralizar a políticos e instituciones que buscan aletargar su entendimiento a través de la propaganda. La segunda es, simplemente, servir de consuelo al final de cada administración, permitiendo a la ciudadanía reírse de sí misma por haber sido tan estúpida y confiar, una vez, en los políticos. Sin este consuelo, ¿quién tendría los ánimos suficientes para volver a votar?
Una democracia sin comedia no es tal. Si no hay risa, la gente termina por tomarse tan en serio a sus políticos que se vuelven incapaces de cuestionarlos e incluso llegan a odiar a sus vecinos por apoyar a otro candidato. Además, la derrota electoral ya no es una broma de la cual reírse al día siguiente de la elección, sino una afrenta casi personal que lleva al odio y al resentimiento, poniendo en riesgo las buenas costumbres y la paz social.
La risa es pues el ingrediente de toda vida pública saludable. Podríamos decir que a la humanidad le hubiera ido mejor si la batalla por su alma política la hubiera ganado Diógenes El Perro en lugar del perfumado Aristóteles.
En ese sentido, el estudio de la UPE recoge datos humorísticos de las elecciones de 2018 en México y los compara con el proceso electoral en curso. Los resultados son muy interesantes.
En primer lugar, el nivel humorístico de los debates del 2018 es muy superior al de los debates actuales. La declaración de Xóchitl Gálvez de que existe un culto morenista a la Santa Muerte y el intento de Claudia Sheinbaum por acuñar la expresión “priandilla” carecen de la calidad humorística de joyas como el “que le mochen la mano” del Bronco o del “Ricky Riquín canallín” de AMLO, estos últimos momentos cumbre de la comedia y, por lo tanto, de nuestra vida en democracia.
De acuerdo con las encuestas de la UPE, en 2018, la mayoría de los encuestados consideró al debate como una actividad lúdica a realizar con familia y amigos. Asimismo, declararon sentirse más felices y plenos al terminar de verlo. En contraste, en los debates actuales, el 99.99% de los encuestados consideró que ver los debates fue una pérdida de tiempo tan aburrida como ver crecer el pasto (el otro 0.01% consideró que era más divertido ver el Canal Judicial). Tras ver el debate, los encuestados declararon haber tenido sensaciones de mareo, náuseas y vértigo, así como una consciencia súbita del absurdo de la existencia.
Por otro lado, esto se refleja también en la percepción de los candidatos. Los candidatos de 2018 fueron considerados, en general, maestros de la comedia voluntaria e involuntaria, mientras que las candidaturas de 2024 son constantemente comparadas con el niño molesto del salón que intenta a toda costa hacerse el gracioso.
Estos datos son un reflejo de la profunda crisis de nuestra democracia. Urge mejorar la capacidad humorística de nuestra política para evitar que el pueblo se convierta en un montón de androides dispuestos a seguir, sin cuestionar, los disparates de cualquier político en turno. En el contexto actual, lo anterior luce imposible.
Finalmente, cierro esta disertación citando a un grande (a mí mismo):
Todos los hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces: una vez como chiste y la otra como guasa.
Dr. Et al, experto en democracia, elecciones y chistes malos.
![]()
